Historia
de la provincia
CRÓNICA DE LA PROVINCIA FRANCISCANA DE LOS APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO DE MICHOACÁN | CRÓNICA DE LA PROVINCIA FRANCISCANA DE LOS APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO DE MICHOACÁN |
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| escrito por ISIDRO FELIX DE ESPINOSA, OFM | |
| viernes, 25 de mayo de 2007 | |
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CRÓNICA DE LA PROVINCIA FRANCISCANA DE LOS APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO DE MICHOACÁN ESCRITA POR EL R.P. FR. ISIDRO FÉLIX DE ESPINOSA O.F.M. Libro Primero Capítulo I
La tierra, madre fecundísima de escogidos partos, de ningún fruto de los que produce su dilatado seno se gloría tanto, como de los encumbrados montes. No puede negarse, empero, que en producir y alimentar sus productos se muestra parcial y cómo si fuese madrastra, negándoles a muchos el alimento y fuerzas para sus creces, dejándolos pigmeos, casi sin levantarse de la tierra.
Por el contrario, derrama sus vitales alientos en otros con tan fértil abundancia, que descuellan como gigantes sobre las más altas eminencias. Produce esta diversidad de efectos este elemento enseñado de la sabia naturaleza que, con particular instinto, la inclina el sacar a luz efectos tan prodigiosos, que sirvan a la admiración y por su vista sea conocido el soberano Autor de tan estupendas maravillas.
El monte Etna, coloso de admiraciones, fue empleo de las plumas más eruditas, contando por una de sus raras maravillas ver en sus alturas mezclado el fuego con las nieves, sin que el uno del otro le inquiete su posesión pacífica. El Olimpo celebérrimo en Tesalia, el Cáucaso y otros que mencionan las historias pasó en silencio y deseo se conviertan las atenciones a la celebrada serranía de Michoacán, que es la que me toca describir en este capítulo. Tiene su situación esta sierra en el centro del reino y provincia de Michoacán, parte muy principal de esta nueva España, y entre sus montes emulando al Etna, conserva dos volcanes en que suelen verse cerca de Colima el fuego y la nieve sin estorbar uno al otro su domicilio. En sus entrañas no ocultan estos montes la oficina de Vulcano, sino ricos minerales de oro, plata, cobre, bronce y exquisitas piedras. Sus campiñas se ven esmaltadas de flores y yerbas medicinales y sus montes cubiertos de frondosos árboles que impiden al sol que penetre con sus rayos aquel terreno. Sus frutas por abundantes y exquisitas, se hacen lugar en todas las historias. Toda está circunvalada de hermosos y cristalinos ríos y tiene varias lagunas, que en sus delatados ámbitos parecen pequeños mares. Los peces de sus aguas son tantos y de calidad tan saludable, que por la multitud le dieron nombre a toda la provincia; no siendo otra cosa Michoacán, que tierra de mucho pescado, en lengua mexicana (7). Descendiendo a individuar por menor lo que es Michoacán y su sierra, es en esta forma: tiene su asiento en la tórrida zona, entre los dos trópicos e Cáncer y Capricornio pasando el sol con sus rayos perpendicularmente dos veces sobre esta tierra, y aunque los antiguos la hacían inhabitable, ya la experiencia ha mostrado no sólo estar toda poblada, sino ser una región saludabilísima: siendo benévolo el estelaje que hay debajo de la equinoccial región. Hállase lo principal de Michoacán, respecto de la ciudad de México, al poniente. Dista su primera población más de 40 leguas, y su altura y elevación de polo es en diecinueve grados y diez minutos, con poca diferencia. Su longitud de oriente a poniente son casi cien leguas; de norte a sur ciento veinte; de circunferencia trescientas cincuenta. El sitio, lugar y disposición de este clima es por causa de las lluvias tan apacible, que en el verano refrigera los ardores del sol y atempera con su temple, los rigores del invierno. Los cielos se muestran alegres sin aquellas continuas nieblas que hacen su aspecto melancólico. Los aires son templados y en la sierra por lo ordinario húmedos y hay partes de tierra en donde no se conocen los hielos por el curso del año. Los ríos memorables que como venas fecundas refrigeran este reino y provincia, son por la parte del mediodía, el Río Grande, cuyo manantial brota en el valle de Toluca en un pueblo nombrado San Mateo Atenco; corre de oriente a poniente por la mayor parte y antes de incorporarse en la famosa laguna de Chapala se hace mayor con las aguas del río Angulo, que en Santiago Conguripo se le hace encontradizo. Delante de Peribán corre el caudaloso río de Talpacatepeque, y es de tal fondo, que sirve de profundidad de criadero a descomunales caimanes, monstruos acuáticos que suelen hacer horrorosas carnicerías en los hombres. El río de Zacatula, que juntando con éste sus corrientes se hace para el tránsito formidable, corre a precipitar sus aguas como a su centro al Mar del Sur, que no dista de él mucho lugar. El río de Uruapan se forma de un ojo de agua con circunferencia como de doce varas y brota con tal afluencia, que a un tiro de piedra no permite vadear sus corrientes, enderezando su rápido curso al occidente. En Valladolid hay otro río que cría bagres y truchas y sus aguas son cristalinas. En Jauna se deja ver, cercado de copados árboles, otro río famoso, que es el recreo del amenísimo pueblo. El de San Gregorio, el de San Felipe y otros, que ha tiempo se hacen por las aguas respetables, deben enumerarse entre los socorros que el elemento del agua da en corriente beneficio a muchos lugares de este fertilísimo reino de Michoacán. Entre las lagunas que hermosean a esta provincia, tiene el primer lugar la de Pátzcuaro, mayor que la de México y ventajosa en la dulzura de sus aguas, siendo aquellas salobres. Boguea quince leguas u es de profundidad tan considerable, que permite transitarse con canoas y aún es capaz de sufrir sobre sus espaldas barcos luengos. Existe en ella abundancia de pescado blanco, y tan saludable, que lo comen con seguridad los enfermos y es de mucho gusto; también se coge en abundancia pescadillo menudo a modo de sardina, que hace en muchas mesas, frito, un regalado plato. Forma en su centro una isleta, que hace punto fijo a su cristalina máquina. Suele al levantarse el viento encrespar sus olas y es preciso esperar la calma para navegar sin peligro sus ondas. A la parte septentrional se forma la laguna de Sirahuén, que no consiente navegarse por un remolino en el medio, capaz de sorberse un navío de alto bordo, y es tradición que por ocultos veneros se comunica con la laguna de Pátzcuaro. Por el oriente se encuentra la laguna de Cuitzeo, que no siendo profunda, se explaya mucho trecho por las lluvias, cría mucho pescadillo llamado Charari, y le entra el río de Valladolid, que con sus aguas y las muchas que a su tiempo vierten los cerros, dilata los términos de su circunferencia. Al poniente, la laguna de Magdalena; cría mucho pescado y se explaya en tres leguas de circuito. Comunícase con la de Quitupa a distancia de media legua, y tributa en peces el beneficio de acrecentarles las aguas. La laguna, que muchos nombran mar de Chapala, tiene más de veinte leguas de largo y de ancho, por la parte del norte, siete leguas y tres por la del sur; sus aguas son dulces y la abundancia de pescado bagre y blanco es copiosa. Éntrale por medio del Río Grande y se dejan conocer en muchas leguas la diferencia de las aguas en tiempo de lluvias, porque las del río son turbias y corren haciendo línea, mientras las de la laguna están quietas, claras y serenas. Saliendo de la laguna de este caudaloso río forma un salto de muchos estados, que hace horroroso a la vista el precipicio. Véanse en nuestro Torquemada otras cosas memorables de esta gran laguna. A competencia de un volcán de fuego que está cerca en Colima se halla un volcán de agua en la cumbre de un cerro, dos leguas de Tzacapo. Tiene forma de un vaso descomunal rotundo, pero en su simetría tan perfecto que es milagro de la naturaleza. Todo el cerro, le sirve de base, es redondo y por dentro hueco y lleno de agua; desde el borde ala superficie del agua hay como un tiro de piedra; no permite lo plano y perpendicular del labio bajar por parte alguna al centro, ni cría yerba, siendo a este respecto la circunferencia, que podrá medir el matemático curioso. La calidad de las aguas es sobre muy claras, muy gustosas. Llámase la Sierra del Agua, y aunque se ha procurado ver correr sus cristales a tajo abierto, ninguno lo ha conseguido. La divina omnipotencia, que enclaustró estas aguas, las encerró en términos tan elevados como ocultos. Al pie de este prodigio natural se ve la ciénega Tzacapo enclaustrando muchas lagunas a trechos en su centro. Allí abunda el pescado y volatería de patos diversos. Tiene aquí su fontal origen el ya mencionado río de Angulo, que confunde sus aguas con el Río Grande yantes, se precipita de la cumbre de un cerro con tal ímpetu, que entre los peñascos del plano y el golpe del agua, pasa cualquier viandante a pie enjuto. Muchos ojos de agua de que se forman baños tiene este reino. El de Chucandiro nace de venero de alumbre, gustoso al beber y para bañarse muy sano. Cerca de Valladolid está el baño de Cuincho y otro en Tzinapécuaro, sin otros de menos nombre. El manantial sulfúreo de Araró es tan caliente, que no permite a ninguno en sus aguas lavarse. Y por último, en la cercanía del Valle de Santiago, se registra un estanque murado de peñas; sus aguas son dulces y su profundidad inapelable, teniendo de circuito como un cuarto de legua, sin crecer ni menguar sus aguas. Después de éstas, tienen como fruto de las aguas, los árboles su lugar, entre éstos se cuentan no sólo los útiles para fábricas y obras de mano, sí también los medicinales y de gustoso fruto. El cedro, el ébano, el tampintzirán, el pino, el fresno, el ciprés, son adorno hermoso de esta sierra. El tamarindo, cañafístula y el palo de los polvos, abastecen las boticas de éste y otro reino. El ate (8), la chirimoya, el plátano, chicozapote, chicos, mameyes, cocos, guayabas, árboles de cacao, con otra tan numerosa variedad de frutas nativas, cual no es fácil hallar juntas en algún otro terreno. Esto demuestra la sierra en lo superficial, pero en sus entrañas oculta oro, la plata, cobre, bronce, plomo, estaño y piedras tan exquisitas como el Tzinaponegro y con visos de espejo y tan grandes, que de una se pudo formar la mesa de un altar. Dejo entre las cortinas del silencio otras cosas memorables, por no ser molesto: sirva esto dicho de sólo bosquejo , para rastrear lo que fue la provincia y reino de Michoacán antes que la poblasen los que vieron del norte, dejando de exponer lo que fue después para darle los coloridos y hacer resaltar su pintura. (7).-Michhuácan, corrompido en Michoacán, compuesto de: michin, pez; hua, posesivo; can, posposición que significa donde; donde hay peces (N. del P. Espinosa). Con mayor exactitud: región de pescadores. De michhua, poseedor de pescados, pescador, y can, región. (J.I.D.G.). (8).- Tal vez se refiere a la anona que en Filipinas, según Santa María (Diccionario General de Americanismos, Vol I, pag. 150), se le llama ate. En México, ate es un vocablo genérico con que se designa cierta clase de dulces que se hacen con frutas de sabor ácido y agradable como guayaba., membrillo, perón, etc. Así se dice guayabate o ate de guayaba; membrillate o ate de membrillo, etc., etc. (J.I.D.G.). Libro Primero Capítulo II De la gente que pobló Michoacán y de dónde vinieron La población primera de los indios de las islas y tierra firme del mar océano es tan oculta a la perspicacia humana, que no da lugar a formar dictamen cierto entre las confusas tinieblas de tanta variedad de opiniones. Es asunto tan raro, que el mayor desvelo le confunde; porque no hallando apoyo firme en el discurso, perece lo presumido entre las obscuridades de lo ignorado. Un libro entero sacó a la luz de esta materia el doctísimo padre presentado Fray Gregorio García Dominicano, nuevamente reimpreso (9); y después de referir y probar multitud de varios pareceres, instándole expresarse el suyo, se resolvió a decir que los indios que hay hoy en este nuevo mundo no proceden de sola una nación y raza, ni aportaron a estas partes de una sola de las tres del mundo viejo, ni vinieron todos de un mismo modo, ni en un tiempo mismo. Proceden, dice, unos indios de cartagineses, otros de las diez tribus, otros de los que mandó poblar Ofir, otros de griegos, fenicios, chinos y tártaros y otras naciones, como verá el erudito los fundamentos de cada opinión en este curioso libro. Pobladas las Indias antes y después del diluvio, como afirman los escritores de Indias, viniendo por la parte del norte se fueron explayando por toda la tierra aquellas naciones bárbaras, siendo gigantes, los chichimecas y otros los que habitaron estas vastísimas regiones que ahora ocupan las ciudades y villas de españoles. Es de parecer el gran historiador Torquemada, que los primeros moradores de este nuevo mundo vinieran a él por tierra y que los estrechos o brazos de mar se pudieron pasar fácilmente. Colígese esto, de las pinturas que conservan los mexicanos y tarascos de su venida a estas tierras, delineando un pequeño brazo de mar o río navegable, con barcas, balsas de madera y carros de cañas gruesas y tupidas. Después de largos años, habiendo otros muchos venido antes, salieron los que llaman mexicanos de la Provincia de Aztlán (10), (que ahora es el reino de la Nueva México), que es lo mismo que tierra de garzas y el motivo que tuvieron para salir con los que después se llamaron tarascos, lo refiere Torquemada en esta forma: Apareció, según fabulan los indios, un fingido pájaro sobre un árbol, que cantando repetía esta voz: "ti hui", vamos, vamos. Dos capitanes movieron toda aquella multitud de gente y la pusieron en marcha. Salieron, pues, los aztecas, trayendo en un arca de juncos cuatro sacerdotes principales al ídolo, mejor diré demonio, Huitzilopuchtli, que era su oráculo. No se movían un punto sin su parecer, y en cada mansión que hacían fabricaban casa y altar para su veneración. Con este principio que el demonio tuvo en este pueblo idolátrico, marchó guiando a los bárbaros para otro lugar, donde cuentan los naturales había un árbol muy grande y grueso, en cuyo pie pusieron el altar de su ídolo y a su sombra se sentaron a comer gustosos. A ese tiempo reventó por medio el árbol, dejándolos casi atónitos el estruendo, y cuando se desembarazaron del asombro, consultaron a su ídolo o falso dios: que dio por respuesta despidiesen a las ocho familias de nueve que eran y sólo una se mantuviese. Esto sucedió en un lugar nombrado de los indios "Chicomóztoc", lo mismo que sitio o paraje de siete cuevas (11), que no es de aquí su origen, como muchos refieren, sino de la provincia dicha de Aztlán, como lo afirma y prueba nuestro erudito Torquemada, con eminentes razones. En este mismo uso con sus engañados caminantes el demonio una estratagema que, como suyo, fue seminario abundante de contiendas, alteraciones y discordias. Hizo su natural presteza aparecer de repente en medio del real dos pequeños envoltorios atados, que ocultaban lo que contenían. Curiosos solicitaron desafiar el enigma y abriéndolos, encontraron en el uno una muy rica y preciosa piedra con visos de esmeralda que arrebató con sus vislumbres, la atención y codicia de cada uno de los que la miraban atentos, deseando cada cual hacerla suya. De esto se dimanó una contenciosa división, que en dos parcialidades o bandos, cada una alegaba razones para su imaginario derecho. Entonces, Huitziton, caudillo de los dos más principales de aquella engañada plebe, como quien era el que recibía del ídolo los oráculos, los sosegó diciendo: Desenvolved ese otro envoltorio que será posible sea cosa más apreciable que las luces aparentes de esa piedra. Así lo hicieron los que se veían de la piedra desposeídos, y descubrieron sólo dos palos., que motivaron a suscitar de nuevo la contienda. El astuto caudillo los apaciguó, aconsejando a los mexicanos se diesen por contentos con los palos, porque encerraban el secreto de sacar lumbre a todas horas restregando uno con otro; que mucho más que la piedra les era provechoso para la jornada, que les duró ochenta y dos años desde la salida de la primera. Quisieron los de la piedra conmutar con los otros sus paridos palos, pero no tuvo efecto, estimando más estos un fuego verdadero virtualmente encerrado, que el aparente en los fulgores de su piedra tan manifiesto. Prosiguiendo, pues, los mexicanos con la misma prolijidad que las otras naciones, aunque ya algo discordes por el pasado disturbio, sembrando y cogiendo y al mismo tiempo poblando varios parajes, de que hoy se conservan muchos vestigios, llegaron pasados muchos trabajos, transitando por lo que ahora es Guadalajara y Jalisco, a aportar a la provincia llamada Michoacán por el mucho y regalado pescado que se cría en sus hermosos ríos y espaciosas lagunas. Contentóles a todos en extremo la amenidad del sitio y frescura de toda aquella tierra y discurriendo ser ésta y no otra la que su ídolo les tenía prometida, determinaron conformes todos de hacer perpetua mansión en ella. Consultaron su resolución con su falso oráculo y no sólo convino en ello, sino que se mostró muy sentido. Pidiéronle, no obstante, les diese permiso para dejar en tan fecundo país algunas familias de las muchas que venían en tan numerosa tropa, y se les otorgó lo que pedían, pero que había de ser usando cierta industria para entresacar los que habían de quedar allí de pobladores. Cuéntala el R.P. Presentado Fray Gregorio García en el citado libro en esta forma: Prevínoles el ídolo que entrándose a bañar en la hermosa laguna de Pátzcuaro, así hombres como mujeres, todos los que quedasen fuera, les hurtasen las ropas, y luego, sin dilación ni estruendo, marchasen a largos pasos, alzasen el real y se fuesen a donde guiaban sus caudillos. Todos los que se habían divertido mucho tiempo en sus baños, cuando salieron fuera, se hallaron sin ropa, burlados, vergonzosamente desnudos y de los otros compañeros muy sentidos. De aquí rastreará el curioso de dónde pudo tener origen el mortal encono, con que después se hacían cruda guerra los mexicanos y los de esta parcialidad de los tarascos. Este modo de separarse los que tantos años habían caminado unidos, es más verosímil que el que les prohíjan de haberse quedado por mandato del ídolo, sólo los viejos y enfermos: mal se ajustaba con esto lo mucho que se multiplicaron, como se verá a su tiempo y así, mientras no me descubrieren cosa más ajustada, deberá prevalecer la relación de dicho padre presentado en su escritura. Separados ya de los mexicanos los tarascos, se unieron con los de otras naciones comarcanas a la sierra y con su trato y el aborrecimiento que se les infundió con el desaire de sus antiguos compañeros, se fue poco a poco mudando la materna lengua. Verdad es que aunque las lenguas mexicana y tarasca convienen en tal cual partícula, son, como es manifiesto, en vocablos y pronunciación muy diversas. Con la noticia antes referida, salimos de las conjeturas de cómo poblaron Michoacán los tarascos y se viene a los ojos que en esta ocasión salieron de hacia el norte, juntos con los mexicanos, por haberles quedado el mismo culto y adoración del ídolo, que los condujo Huitzilopochtli. Añádese el haber dado al lugar de su primera población el nombre de Tzintzuntzan, que quiere decir, según la crónica del R.P. Larrea, pueblo del pájaro verde, figura con que pintaban el origen de su ídolo (12). La mutación de la lengua, si hiciere a alguno fuerzas, debe advertir, que si se mudan los reinos, las poblaciones, los hombres y cuanto hay en este mundo con el tiempo, las palabras solas no han de ser estables ni perpetuas: también, como lo demás, se sujetan a mudanzas. En Roma sus mismos ciudadanos, advirtió Quintiliano, hubo tiempo en que muchas cosas no se entendían por los vocablos. Corren parejas las lenguas y los trajes: obsérvense los antiguos respecto de los modernos y verán más mudanzas que las de la luna. Nuestro romance hace hoy burla de los dialectos antiguos: mudáronse con los años y aún cada día se desconocen muchas voces. Así pudo suceder en la variación de la lengua de nuestros tarascos, de quienes, aunque con no poco trabajo, hemos descubierto el origen y procurado sacar en limpio cuándo y cómo vivieron y de la manera que se separaron de los mexicanos (13). (9).- La primera edición es de 1607 en Valencia; la segunda de 1729 en Madrid (EE. 1ª. Ed.). (10).- De aztlatl, garza. (EE. 1ª. Ed). Aztlán es síncopa de Aztátlan y significa lugar de garzas (J.I.D.G.). (11).- Los elementos constitutivos del vocablo son: chicome, siete, oztotl, cueva y c, aféresis de -co, locativo. (J.I.D.G.). (12).- Según el Dr. D. Antonio Peñafiel (Nomenclatura Geográfica de México, Segunda Parte, pag. 304). Tzintzuntzan equivale al nombre geográfico náhuatl: Huitzitzilan, lugar de colibríes, de tzintzun, chupamirto y la posposición locativa correspondiente (J.I.D.G.). (13).- La explicación que con tan débiles argumentos da el P. espinosa acerca del cambio repentino de la lengua de los purepechas, está muy lejos de convencer. (J.I.D.G.). Libro Primero Capítulo III Pueblan la sierra de Michoacán los tarascos, eligen su rey, trátase de su gobierno, política y distribución de oficios militares y mecánicos No siendo menos activos que los mexicanos los tarascos, como aquellos fundaron su ciudad en la laguna de México, éstos construyeron la suya en la de Tzintzuntzan y Pátzcuaro, que es de aguas dulces y abundante de regalados peces. Tuvieron curiosidad los mexicanos de conservar en sus pinturas los nombres y sucesión de sus reyes: en estos sólo excedieron a los tarascos, de quienes ni entre los indios se descubrieron memorias, ni se hallan relaciones en los autores de la Monarquía Indiana; siendo así, que más de dos siglos se gobernaron separados ya de los mexicanos. Lo que no se puede dudar es que tuvo Michoacán muchos reyes con absoluto dominio y que Tzintzuntzan fue siempre la corte de su gobierno, de que hasta hoy se ven las ruinas del palacio real cerca de esta ciudad antiquísima, antes del pueblo de Ihuatzio y se conserva la hermosa plaza ya casi arruinados sus muros de piedra labrada, y en las orillas de la laguna de Sirahuén se registran antiguos monumentos de las casas que serían de placer a los reyes y señores, con otros arruinados edificios que se hallan en varios lugares. Trataron luego los nuevos pobladores de fertilizar la tierra para sus alimentos y de sembrar con algodón los campos para vestirse, que trayendo consigo todo su género de semillas de la tierra, no les costó mucha fatiga el ver sus sudores bien logrados. Comenzaría su reinado como el de todas las naciones de las Indias, eligiendo por cabeza al que más se señalaba en valor y fuerzas y que descubría mayor entereza para el gobierno; después, como se vio en los últimos reyes, se fueron sucediendo por herencia y cuando tuvieron la mayor parte de Michoacán habitada, entabló su política (leyes) para su más acertado gobierno. Diéronse luego a ejercitar varios oficios: trabajaban minas de cobre, que suplía en las labranzas por el hierro. Fueron estos tarascos los primeros inventores de la pintura, hasta hoy no imitada en cosas de madera, que todavía se aprecia en bateas de Peribán, y en lo que se trabaja en Cucupao, siendo el barniz tan constante, que apuesta con la misma pieza labrada su duración y permanencia. Inventó el ingenio del tarasco las cosas singulares de pluma, con sus mismos nativos colores, asentada de la misma manera que lo hacen en un lienzo los más diestros pintores con delicados pinceles. Solían en su gentilidad formar de estas plumas aves, animales, hombres, capas y mantas para cubrirse; vestiduras para sus sacerdotes y templos, coronas, mitras y rodelas; mosqueadores, con otros curiosos instrumentos, que le sugería su imaginación. Estas plumas eran verdes, azules, rubias, moradas, pardas, amarillas, negras y blancas, no teñidas por industria, sino como las crían las aves que cogían y mantenían vivas al intento, valiéndose hasta de los más pequeños pajarillos. El modo de engarzar las plumas era cortarlas muy menudas y en lienzo de maguey, que es planta de la tierra, con cola muy templada iban organizando las plumas, según pedía la imagen que querían figurar; cada partícula se ponía de por sí, con tal presteza, que seguían la línea y círculo del bosquejo y la iluminación formaba en la pintura una vistosa primavera. Hubo en este reino de Michoacán escultores de primorosa cantería, labrando en piedra cuanto querían con guijarros y pedernales, saliendo la obra tan pulida, como la que hoy pulen los de este oficio con escodas y picos, y se vio este primor en los ídolos que encontraron los religiosos primitivos. Los carpinteros y entalladores labraban las piedras preciosas con cierta arena que a ellos era conocida. Había plateros y la falta de martillo y yunque suplía dando con una piedra sobre otra. Fundían una joya de oro o plata, un pájaro u otro animal, vaciaban un pez con las escamas de oro y el cuerpo de plata. Labraban loza y vasijas de barro muy bien hechas; y de madera hacían jícaras, bateas, tecomates y otras cosas para su uso y servicio. Tejían sus ropas y vestidos a la manera que los usaban; en especial para los reyes y señores, eran de algodón unas mantas blancas, otras negras y algunas muy pintadas de diversos colores: éstas eran muy sutiles y delgadas. Tejían otros vestidos de pelo de conejo y de algodón, de mucha curiosidad y ésta era vestidura de cacique y de gente muy principal: con que en la forma de vestirse se daba cada uno a conocer. Otros oficiales hacían esteras de palma y de tule, que llamamos enea, y les servían de alfombra: algunas tan bien labradas que podían servir de tapices. Curtían cueros de todo género de animales adobados con pelo y sin él, con mucho primor. Tenían sandalias de cuero y otros las usaban de hilo del maguey y el calzado de los magnates era muy pintado y curiosamente compuesto. Construían y fabricaban navajas de cierta piedra negra, que ellos llamaban tzinapo, en la forma que se refiere nuestro curioso Torquemada, diciendo ser cosa de admiración ver (como él vio) sacar estas navajas, que son tan agudas, como se vieron en los principios de la conquista de estos reinos: pues llegaron los españoles a hacerse con ellas la barba, sin la menor molestia. Asentado el gobierno en lo mecánico, descubrió en lo militar el rey tarasco su valiente orgullo. En tiempo de su infidelidad, dice el cronista general de estas Indias, Antonio de Herrera, por maravilla perdió batalla. Tenía el rey sus guardias en las fronteras para la guerra con los mexicanos, jaliscos, colimas y matlatzingas, y usaban de las mismas que los otros. Iban a la campaña vestidos de su natural fiereza en carnes, embijados de color negro y amarillo, con petos de maguey; y todo su empeño era apresar cautivos para sacrificarlos a sus dioses. Llevaban grandes músicas de bocinas, caracoles y otros rústicos instrumentos; sus estandartes eran labrados de pluma con variedad de colores, había premio para los que se señalaban en la guerra. Al capitán que había hecho alguna acción gloriosa, daba uno de los grandes señores una mujer de las veinte que cada uno tenía por esposa, y esto se tenía entre ellos por muy colmada honra; después trataremos de esta materia. Usaban los de Michoacán sus bailes y mitotes, bebiendo vino de maíz hasta caer. Ejercitaban el juego de la pelota, que es el de la Chueca entre los bárbaros. Tenía el rey gobernadores en cada lugar para que mandasen prender al que hurtaba o cometía otro delito y examinado, se remitía al mismo rey para el castigo. Si la maldad era haber hecho fuerza a alguna mujer, rasgábanle la boca hasta las orejas con una navaja de pedernal y después lo clavaban sobre un palo. El primer hurto se perdonaba al ladrón reprendiéndole; al segundo lo despeñaban y dejaban tirado para pasto de las aves. No había castigo señalado para el homicida, porque por el gran miedo no lo había. Los ministros principales de justicia traían unas varas gruesas como de ébano, con plumas de colores encima y unas pedrezuelas engastadas en las varas, que sonaban como cascabeles; y cuando pasaban por la calle salían de sus casas los hombres para acompañarlos. Todo lo que tenía de prendas naturales el ingenio tarasco, lo tuvo pervertido en idolatrías mientras no tuvo luces de católico. Adoraba el engañado pueblo un ídolo principal y este tenía su metrópoli en el pueblo de Tzacapu, como matriz de aquel reino. Estaba su templo en la cumbre de un monte, cuyas faldas están contiguas a dicho pueblo. En este adoratorio asistía el sumo sacerdote Curinacaneri, que así era su nombre y a quien todos adoraban como cosa suprema. El mismo rey le mostraba tan respetuosa atención, que le visitaba cada año, hablándole de rodillas, al tiempo que iba a ofrecerle las primicias; y al ejemplo de su monarca, hacían lo mismo los grandes y señores, con todo el resto del reino. El modo que se guardaban en la oblación de las primicias, era éste: salía el rey de Tzintzuntzán, que era su corte y se embarcaba en la hermosa laguna, caminando al pueblo de Tziróndaro. Dista éste dos leguas, en donde saltando en tierra, comenzaba su camino de cinco leguas a pie al lugar donde residía el sacerdote sumo, por una calzada de piedra tan curiosamente labrada (como en parte se alcanza), tan aseada y limpia, como sólo hecha para huellas reales. Besaba de rodillas la mano al sacerdote, entregándole donativos como de su real grandeza y ofrecía otros al ídolo en señal de su rendimiento obsequios. Lo mismo ejecutaban en pos del rey los señores y el pueblo, ofreciendo cada cual a medida del caudal el sacrificio. Era el ídolo descomunal y ostentaba con singulares adornos su fiereza: a cada joya que orlaba su vestidura, correspondía un haz de condenados de los que le ofrecían sacrificios. Este simulacro del demonio que sepultó la introducción del evangelio en aquel puesto, se vio despojado de todas sus joyas y ornatos, que quedaron por todo el espacio sembrados y dispersos. Poco tiempo después, un vecino, registrando aquella cumbre y el antiguo templo, halló tres platoncillos de esta plata a modo de patenas, aunque mayores, con toda curiosidad laboreados. Eran estos las arracadas o zarcillos que colgaban de las orejas del infame ídolo y a imitación de esta estatua usaban muchos tarascos horadarse las narices y orejas, especialmente los del pueblo de Araró, que significa esta acción misma. No sólo ofrecían estos bárbaros a los muchos ídolos que adoraban las primicias, sino que también inciensos, mantas, joyas, esteras, flores y cuanto de precioso tenían. El sacrificio verdaderamente horroroso era ofrecer corazones humanos, cuya inhumana acción describe en breve la pluma. Salían los idólatras sacerdotes atezados de negro, con los cabellos enmarañados y ceñida la frente con una cinta de cuero, y rodelas en las manos de varias plumas. La vestidura era blanca, labrada de negro. Ponía sólo su vista asombro y espanto y en esta funesta figura, haciendo al ídolo acatamiento, se iban al lugar del sacrificio. Sacaban desnudo al que había de ser sacrificado, y tendido sobre una piedra, sin poder moverse, llegaba el que tenía oficio de mayor sacerdote y con una tajante navaja de piedra le abría el pecho, sacándole el corazón palpitante y lo ofrecía a su falso dios, puesto en un vaso muy pintado; y después tenían libertad los infames ministros del demonio de comer se los corazones: haciendo vianda otros muchos con los cuerpos en un regocijado banquete. Paso en silencio otro cúmulo de abusos y bárbaras costumbres, que según la prolija narración de la "Monarquía Indiana", tomo II, eran comunes en estos políticos reinos y sólo haré mención de haberse acostumbrado en Michoacán tomar el hombre a la suegra por mujer y si se casaba con mujer mayor, si esta tenía hija, la daba al marido porque no la repudiase por anciana: con que tenía a madre e hija por mujeres; mas esto no se tenia por buena costumbre, sino por abuso abominable. Libro Primero Capítulo IV Costumbre fue siempre loable en todas las gentes, que se señalaron en la política racional, dar honrosa sepultura a sus difuntos. No eran tan negados a la razón los naturales de estos reinos que ignorasen la inmortalidad del alma, aunque erraban en la creencia de los lugares a que eran llevadas las almas después de separarse de sus cuerpos. Por esto, cuando moría algún señor, daban aviso a todos sus amigos y parientes y lo enterraban con particulares aparatos. A los demás no les faltaba por pobres darles la honra de que no careciesen sus cenizas de humana sepultura. Pero en donde más que en otros reinos de esta América se ostentó la magnifica pompa de dar sepultura a los reyes, fue en Michoacán, en tal grado, que el gran historiador Torquemada se halló compelido a formar de esta ceremonias obsequiosas, particular capítulo, de que haré relación sucinta. Luego que el rey sentía los cansancios de la vejez, nombraba por sucesor uno de sus hijos y hacíale que comenzase a gobernar a su vista para darle instrucciones en su reinado, y que a su sombra se imprimiese el señorío sobre sus vasallos. Cuando le acometía la enfermedad última acudían todos sus médicos, que era crecido número y creciendo el peligro llamaban otros de todo el reino. Si esto no obstante, se advertía de muerte el enfermo, daba aviso al nuevo caltzonzi (14) por todo el distrito de su gobierno, mandando acudiesen todos los magnates a hallarse presentes a su muerte y entierro. Venían con presteza los caciques, capitanes y cuantos tenían algún cargo honroso y el que en esta ocasión no acudía era reputado por traidor. Conforme iban llegando daban al rey mozo sus pésames de la enfermedad de su padre y le ofrecían ricos presentes. Cuando ya le desahuciaban los médicos, se prohibía a todos el entrar a visitar al doliente; ponían a los huéspedes en unas salas de palacio, allí los entretenían hasta que el caltzontzi expirase; y los presentes que traían poníanlos en un portal, que estaba allí, en lugar patente, donde tenía el rey y estaban las armas o insignias de su reinado, como en las salas delos reyes el dosel y silla vuelta a la pared, que representa la majestad real, con que son conocidos. Muerto el rey, el sucesor daba aviso a los demás señores concurrentes al espectáculo, para que entrando d entro llevasen las voces y llorasen a su rey difunto; y todos juntos le amortajasen, con las pompa ceremoniales que usaba su profesión gentil. Lo primero que hacían era lavar todo el cuerpo y luego vestirle una camisa y después calzarle el cacle, timbre heroico de su valor: poniéndole en los tobillos unos cascabeles de oro, y en las muñecas una sartas o manillas turquesas. Poníanle en la cabeza un tranzado de pluma, con mucha argentería, arriates y apretadores de gran valor, y en la garganta muy ricos collares y gargantillas y en las orejas sus zarcillos y orejeras de oro. Atábanle en los molledos dos brazaletes de oro y en la boca un broche de esmeralda, pendiente del labio inferior, que llama el tarasco tentetl, que significa la piedra en la boca (15). Hecho este adorno fantástico, estaba ya compuesta una cama, de mantas de diversos colores, sobre un tablado alto. Puesto el cuerpo sobre la cama, o desmentida tumba, lo cubrían con una manta, en que estaba pintado o retratado el cadáver con los mismos adornos. Entonces salían las mujeres y lloraban con muchos suspiros y amargos sentimientos. Hecho ya el túmulo y el cuerpo en las andas, se empezaba a ejecutar la ley de que muerto el rey muriesen los que le habían de servir en el otro mundo: los cuales señalaba el que quedaba gobernando, así hombres y mujeres. De éstas señalaban siete señoras para que cada una se ocupase en el oficio que le daban. La primera, los besotes que usaba el difunto rey los llevaba al cuello, los cuales eran de piedras muy preciosas y de infinito valor. Después de ésta señalaban camarera o guarda joyas, servidora de copa y otra que diese agua de manos y una cocinera con sus criadas. De los varones se señalaban de todos los oficios: ropero, peinador, el que trenzaba el cabello y otro que le tejiese las guirnaldas y otro que le llevase la silla, leñador, mosqueador y aventador, zapatero y otro que llevase los olores, un remero y un barquero, barrendero y encalador, un portero para su real persona y otro para sus damas, un plumajero, platero oficial de arcos y flechas, dos o tres monteros y algunos de los médicos, de los que acá erraron la cura: un truhán para referir novelas, porque no faltase en el infierno oficio tan ocioso: un tabernero y últimamente los músicos. Estos eran los que morían con él, para servirlo en el otro mundo, como si allá se habían de ver la cara: sin otros muchos que de su voluntad se ofrecían ala muerte, pensando granjear la voluntad, para que les hiciese mercedes: si bien no se les permitía que muriesen. Hecha la pompa y junto el acompañamiento, a medianoche sacaban de palacio el cuerpo y por delante todos los que habían de morir, con guirnaldas en las cabezas y ungidos todos con una tinta amarilla, en hileras, componían una larga procesión delante de las andas del difunto. El doble en lugar de campanas eran tañendo unos huesos de caimanes en ciertas rodelas de tortuga. Iban las andas o féretro en hombros de los señores más principales, que aparecían vestidos de las insignias con que habían servido a su rey. En medio de muchas luces resonaban clarines y trompetas, interpeladas estas voces con las canciones que en tono lúgubre se habían compuesto en alabanza del difunto. Otros se ocupaban en barrer y limpiar las calles y caminos hasta llegar a los patios del templo, donde estaba preparada una gran pila de leña seca y dando al contorno cuatro vueltas, colocaban sobre el fuego el difunto cuerpo con todo el aparato y atavío, y entonces renovaban sus cantos los parientes; y pegando fuego a la leña, que era de pino muy seca, levantaba la llama con gran presteza, y en tanto que ardía la carne y huesos del desventurado rey, mataban con porras y macanas a todos los criados que habían de servirle en la otra vida, embriagándolos primero para quitarles el temor, que es tan natural de morir. Estos que perdían la vida ofreciéndose de su voluntad al sacrificio, los enterraban detrás del templo con todos los adornos, joyas e instrumentos que llevaban, arrojándolos de tres en tres y de cuatro en cuatro en unas hoyas profundas para pasar de ellas al abismo. Duraba esta función desde la medianoche hasta rayar el día; sin cesar, todos aquellos que habían acompañado al cuerpo, de atizar el fuego para que se quemase más presto. Reducido finalmente en ceniza al tiempo de salir el sol, juntaban aquellos despojos de la muerte con las joyas ya derretidas y las piedras preciosas que habían escapado del fuego con algunos huesos, y de todo formaban un bulto adornado con las mismas galas y ceremonias del entierro, figurándole rostro con una máscara, una rodela de oro en las espaldas, poniéndole a un lado un arco y flechas, y hecha una sepultura de mas de doce estrados de proporción cuadrada, la adornaban con muy finas esteras, y en el medio de una cama de madera en que le ponían, tomando el bulto en sus brazos el sacerdote, que solía llevar sus dioses a cuestas. Este hecho se componía de rodelas de oro y otras muchas cosas de plata: poníanle así mismo muchas ollas, jarros convino y diversas viandas. Dentro del sepulcro en una tinaja grande metía el sacerdote aquel bulto, y lo sentaba vuelto el rostro al oriente, y cubierta la tinaja se salía: se echaban luego sobre esta tinaja y cama muchas mantas, y llenaban el hueco de petate de caña, llenas de plumajes y aderezos de aquellos con que solía bailar el rey y salir a fiestas, poniendo otras muchas cosas de grande valor y precio, con que enriquecían el sepulcro. Cubríanle después curiosamente con vigas y tablas embarnizadas por encima, quedando como bóveda, a diferencia de las otras sepulturas que se llenaban de tierra. Concluso el entierro, todos los que habían tocado al caltzontzi y a los demás cuerpos, se iban a bañar por preservarse de alguna enfermedad, y luego volvían todos los señores y otra mucha gente que los acompañaba al patio del palacio real, y allí sentados todos por su orden en curiosos asientos les ministraban una espléndida y muy larga comida; ésta acabada, daban a cada uno un poco de algodón con que se limpiasen el rostro, y estábanse en aquel patio asentados tristes, y con las cabezas bajas con mucho silencio, cinco días. En este tiempo ninguno de la ciudad molía maíz en piedra, ni se encendía lumbre en los hogares; cesaban los mercados y comercios, y ninguno cruzaba las calles, retirados todos a sus casas, haciendo el duelo y ayunando en memoria de rey difunto. Los señores de la provincia iban a la sepultura a llorar y velar el sepulcro por su orden y concierto; y la guarda de estas cosas y ceremonias andaba muy solicito el hijo, que le sucedía en el reino, para que la ostentación de tan solemne aparato fuese solo consuelo de los vivos en tales circunstancias como éstas para mayor tormento de los muertos. (14).- Probablemente los tarascos oyeron mal el vocablo Cactzontzin que le aplicaron los nahuas al rey de Michoacán y mal pronunciado: Caltzontzin, por el cambio de la c en l, se popularizó y así ha llegado desde el siglo XVI hasta nuestros días, cactzon en náhuatl significa babucha, calzado viejo y despreciable, de cactli, calzado y -zon, partícula sumamente despectiva, que convierte algunos vocablos en verdaderos insultos. -tzin es el sufijo reverencial propio de reyes y grandes señores (J.I.D.G.). (15).- Esta voz es mexicana: compuesta tentli, labio y tetl, piedra. En tarasco, angamequa, becote (EE 1ª. Ed.). Libro Primero Capítulo V - En que se demuestra el valor de los tarascos, y se cuenta un ardid memorable de guerra contra los mexicanos. La mejor ejecutoria para probar el esfuerzo y valentía del rey de Michoacán, y de sus militares escuadrones, es haberse opuesto siempre al emperador mexicano; que como consta de la Monarquía Indiana, tenía sujetos a su vasallaje casi a todos los reyes comarcanos, consiguiendo a fuerza de repetidos embates muy esclarecidas victorias. Esto mismo deseaba conseguir su orgullo en el dilatado reino de Michoacán; pero encontró tal resistencia a sus designios en el rey tarasco, que se dio por contento con reforzar las fronteras en la raya de ambos reinos, teniendo siempre fortificados sus presidios, y en continua vela sus centinelas. En tiempo que gobernaba el Imperio de México el famoso emperador Motecuhzoma, habiéndole presentado un capitán de los tlaxcaltecas cautivado en la guerra, y de tan famoso nombre, que al oírlo normar los enemigos huían despavoridos de su presencia, no permitió lo sacrificasen a sus dioses; más antes lo puso en libertad, y le hizo muchas y aventajadas mercedes, dándole permiso para volverse a su tierra; pero nunca el capitán Tlalhuicole (que así se nombraba) quiso aceptar la libertad, antes pedía con constancia le ofreciese a los dioses. Motecuhzoma, complacido de su valor no asintió a la petición del tlaxcalteca, y en este tiempo que le prolongó la vida, s ele ofreció hacer guerra a los del reino de Michoacán. Fiando, pues, de la valentía de este cautivo, lo mandó llamar, y le hizo capitán general del ejército; el cual, aunque enemigo de la gente que llevaba, la gobernó y rigió como si fuera propia. Marchó con todo su campo y plantando sus banderas en las fronteras del tarasco, que era Tlaximaloyan, Maravatío, Tzitácuaro, Acámbaro, Tzinapécuaro, presentó la batalla a su enemigo. Oída la publicación de guerra por el tarasco, acalorado de su furor nativo, tocó el arma, y se arrestó a la pelea con tan gran denuedo, que llegada la hora del combate no hizo poco el mexicano en reprimirlo. Hubo de ambas partes muchas muertes, y heridas, y no hizo retroceder el gran tlaxcalteco al ejército tarasco del lugar que le halló prevenido. Nuestro insigne Torquemada dice (16): "les quitó mucha plata y oro el valiente capitán a los tarascos"; pero si batallaban cuerpo a cuerpo en el campo, sin petos ni coseletes, poco pudo ser el oro que cogiesen, fuera de algunos collares o manillas de oro que usaban los magnates, y otro tanto es verosímil dejarían los mexicanos en las vueltas y refriegas que trabaron con los tarascos. Lo que es digno de ponderar en este hecho, es que un ejército del señor es más poderoso del occidente, comandado de un general tan valiente, no le hiciese dar un pie atrás al tarasco, ni le invadiese alguna de sus fronteras, con que se ve claro que competía el un valor con el otro, y que si nos e conocía ventaja en el esfuerzo, quedaran iguales en las militares empresas. Muy digna de celebrarse fue la ardidosa batalla, y la más ilustre victoria, que consiguió el rey de Michoacán contra el poderosos orgullo de Motecuhzoma (17); pues cuando más colérico y picado de los pasados encuentros esperaba ocasión oportuna para desahogar sus iras, se le ofreció una a su parecer muy del intento, y para darle expediente alisto cuadrillas y dispuso el más numeroso ejército que hasta entonces se había visto. La noticia de este formidable ejército llegó con presteza a los oídos del tarasco, y conociendo ventajas en lo numeroso de la gente, que no equivalía en la tercera parte, le puso en consternación su corona, y advirtiendo que no le bastaban las manos de los suyos, aunque tan esforzadas, por ser respecto de las enemigas tan diminutas, se valió de un ardid de guerra en que era muy ingenioso. Mandó juntar con abundancia bastimentos de comida y bebida, y haciéndola conducir en los hombros de indios, fue marchando su ejército hasta hacer rostro al campo del emperador mexicano y en vez de encuadronar sus soldados, plantar sus estandartes y fijar sus pabellones, fueron teniendo en el campo la comida y bebida, por todo el lienzo que cogía la copia militar de México, y al embestirles dieron en correr los tarascos, fingiéndose fugitivos, y los mexicanos los seguían ya como victoriosos. Dieron de improviso en la comida y bebida abundante, que el campo les ofrecía, y ellos más hambrientos que belicosos, soltando las armas s entregaron a comer y beber muy de propósito. Cuando ya les pareció a los tarascos tendrían enervadas las fuerzas con la abundancia del vino, volvieron muy de pensado sobre ellos haciendo tal destrozo en el ejército, que los más quedaron muertos, y muchos cautivos de los tecos y matlatzingas; siendo hasta hoy funesto monumento de esta victoria los innumerables huesos que se ven en el campo que media entre Maravatío y Tzitácuaro. Los tecos cautivos que eran de ánimo belicoso fueron llevados a la corte del rey Caltzonzi, y a la ciudad de Pátzcuaro, donde permanecieron muchos años con mucha lealtad, como inferiores y sujetos a la valentía industriosa del rey tarasco. Los matlatzingas, primeros fundadores del grande y copioso pueblo de Charo, parece dar a entender el M.R.P. Fr. Alonso de La Rea fundarían a Charo en esta ocasión, aunque no lo expresa por lo claro; pero me asienta más la fundación que el V., P. Fr. Diego de Basalenque describe en la historia de su muy santa provincia de San Nicolás de Michoacán, y es en esta forma: La gente de este pueblo no es tarasca, y es de una lengua singular que se llama pirinea, por estar en medio de los tarascos; por otro nombre se llama matlantzinga (18), trayendo denominación de Toluca, de donde eran nativos. Llamábanles así los mexicanos porque les hacían las redes con que pescaban en sus lagunas. Su venida a esta provincia de Michoacán se halló escrita en un libro antiguo, que uno de los primeros bautizados escribió en lengua pirinda. En tiempos antiguos de la gentilidad (dice la relación) hubo un rey en Tzintzuntzán a quien llamaban Characu, que quiere decir el rey niño, en cuyo tiempo les iban haciendo guerra y entrando por su reino, por la parte del poniente, los indios tecos y otros parciales suyos, que lo ponían en aprieto. No bastando sus soldados para reprimir a estas gentes enemigas, se valió de los vecinos de su reino, cuales eran los matlaltzingas, gente belicosa y adversa a los mexicanos, a quienes por fuerza reconocían con los tributos. Pidioles socorro y salieron del partido de Toluca seis capitanes con su gente, hechos los conciertos de lo que les habían de dar por esta expedición militar. Llegaron a Michoacán y fueron muy bien recibidos del rey que les despachó bien provistos a la guerra con otros de sus soldados. Portáronse los Matlaltzingas con tanto esfuerzo en la batalla que conocidamente ellos alcanzaron la victoria, dejando muchos de los enemigos muertos en aquellos campos, y muy escarmentados los que escaparon con la vida. Volvieron a verse con el rey haciéndole menuda relación de sus triunfos, y queriendo este remunerar sus hazañas dándoles los premios concertados, pidieron se les diese la paga de su trabajo concediéndoles tierras para avecindarse en su reino por cuanto les agradó mucho el temple benigno de aquella tierra, y el agrado que experimentaban en los tarascos, obligándose por este beneficio que solicitaban de servir al rey en todas las guerras que se le ofreciesen. Túvole el rey a muy buena suerte y les dio a escoger tierras y lugares que fuesen más de su gusto, teniéndolo él muy especialmente de que se quedasen en su reino capitanes tan valerosos. Señalaron éstos para su domicilio y población desde los términos de Tirepetío hasta la raya de Andapárapeo. Las familias más nobles fundaron en Charo, contentándoles aquel sitio más que otro, por los tres ríos que fecundan su circunferencia; las familias menos nobles se situaron en Santiago Undameo, motivándoles a elegir este puesto el cristalino río que baja de aquellas sierras; del resto de los indios plebeyos se compuso la población de los altos que en estos tiempos se nombran de Jesús y Santa María. Quedó el nombre de Charo al pueblo principal, porque quiso el rey niño honrarle con su mismo nombre, y de la voz Charao, que quiere decir tierra del rey niño, quedó sincopado Charo que ha conservado hasta los tiempos presentes. Para conclusión de este capítulo, sólo resta saber de qué armas se valían unos reinos contra otros, y el trágico fin que tenían los cautivos apresados en la batalla. Usaban de arcos y flechas, teniendo para rebatir las de los contrarios petos y rodelas, y también se valían de macanas, que son como alfanjes muy anchos de madera fuerte y tostada, y en ocasiones que llegaban a estrecharse era horrendo el estrago que hacían con las cachiporras, quebrantando de un solo golpe los cascos al más valeroso y fuerte. El tiempo que destinaban para la guerra era después de las cosechas, siendo en esto avisado para que no padeciesen los sembrados, ni se talasen sus campos, como sucede en las guerras de continuo. Tenían en mucho que su señor y rey fuese esforzado, y para dar muestras de serlo acostumbraban que ni los señores ni sus hijos se pusiesen joyas de oro, ni de plata, ni mantas ricas de labores, ni plumajes en la cabeza, hasta que hubiesen hecho alguna valentía matando a prendiendo por su mano a alguno, o algunos en su guerra; por lo cual cuando la primera vez el rey o señor prendía por su brazo a alguno, luego despachaba sus mensajeros para que de su casa le trajesen las mejores joyas y vestidos que tenía, y que corriese la voz de que el rey o señor había prendido por su sola persona en la guerra un prisionero o más, y vueltos los mensajeros con las ropas, vestían con ellas al prisionero, y poniéndole en unas andas lo traían como en triunfo y salían a recibirlo con trompetas, bailes y cantos, saludándolo primero que al rey o señor que los había cautivado. Toda esta honra fingida duraba hasta la fiesta del sacrificio, en que lo vestían de las insignias del dios de la guerra, y subido al lugar común de los sacrificios, lo sacrificaba el ministro más principal por ser ofrenda del rey o señor supremo. Con la sangre del corazón rociaban las cuatro partes del mundo, y la otra sangre recogida en un vaso remitían al señor que lo había prendido; y con ella mandaba rociar todos los ídolos de su patio en hacimiento de gracias por la victoria. Sacado el corazón echaban a rodar por las gradas abajo el cuerpo y allí, cortada la cabeza, la ponían en un palo, como hoy lo hacen con los ajusticiados. Desollábanle el pellejo, y rellenado de algodón, llevábanlo a colgar a la casa del reo o señor por memoria del hecho; de las carnes hacían otras ceremonias, que por ser tan crueles no son dignas de que se expresen. Después de esto podía el señor o rey ataviarse y usar de ricas joyas en las fiestas y guerras, y ponerse en la cabeza ricos plumajes, que era la insignia de los valientes. (16).- Lib. II, c.- 82 (N. de A.) (17).- Se trata de Motecuhzoma II, por sobrenombre Xocoyotzin, para diferenciarlo de su abuelo Motecuhzoma Ilhuicamina o Huehuemotecuhzoma. Motecuhzoma adaptado a la evolutiva fonética del español se convirtió en Moctezuma. (J.I.D.G.), (18).-El nombre correcto es matlatzinca. (J.I.D.G.). Libro Primero Capítulo VI Prodigios y señales que precedieron antes de la venida de los españoles, y temor del rey de Michoacán del acabamiento de su reino. Las señales y prodigios que en ciertos tiempos se dejan ver en la tersa plana de los cielos, suelen pronosticar sucesos fatales o felices, según el aspecto en que se dejan ver sus fenómenos. Funestísimos fueron los que precedieron a la destrucción de Jerusalem, de que hace menuda relación el antiguo Josefo, y se lee a cada paso en los anales de aquel tiempo. Parecidos fueron los que se observaron en todos estos reinos de las Indias, que ocasionaron notable consternación no sólo en el imperio mexicano, mas también en el reino de Michoacán, en donde antes de la entrada de los españoles predijeron los ancianos, que eran tenidos por oráculos, estar ya muy cerca el fallecimiento del reinado gentílico. El primero que todas estas gentes observaron, con grande horror y admiración, fue una llama de fuego notablemente grande y resplandeciente, de forma piramidal, que descubriéndose a medianoche, caminaba lentamente hasta lo más alto del cielo, donde se deshacía con la presencia del sol. Vióse después en medio del día, salir por el poniente otro cometa o exhalación, a manera de una serpiente de fuego, que despedía centellas tan espesas que parecían chispas de pólvora encendida y se desvanecían en el aire. Cuando estas gentes registraban por sus ojos esta llama, daban gritos y palmadas en la boca, multiplicando sacrificios a sus dioses para que les descubriesen la significación de tan monstruosos portentos. En la cabeza de este nuevo mundo rompió sus márgenes la gran laguna de México, que sin haber aire o temporal, a qué atribuir este movimiento, comenzó a hervir y a espumar como agua agitada del fuego. Encendiese de sí mismo el principal templo, y cuando comenzó a arder, parecía que las llamas del fuego salían del corazón y entrañas de la madera, y esto sucedió en una noche apacible y clara, sin preceder de relámpago, ni trueno que pudiese ser indicio de aquel incendio. Oyéronse en el aire por diferentes partes voces lastimosas que pronosticaban el fin de esta monarquía indiana, y sonaba repetidamente el mismo vaticinio en la respuesta de los ídolos. Aparecieron en el aire hombres armados que peleaban unos contra otros, y se destruían y aniquilaban. Cogieron unos pescadores en la Laguna de México un pájaro monstruoso a manera de grulla, de extraordinaria hechura y tamaño, y dando estimación a la novedad se lo presentaron al rey. Era horrible de su deformidad y tenía sobre su cabeza una lámina resplandeciente, a manera de espejo, donde reverberaba el sol, con un género de luz maligna y melancólica. Reparo en ella el emperador, y acercándose a reconocerla mejor, vio dentro una representación de la noche, entre cuya obscuridad se descubrían algunos espacios del cielo estrellado, tan distintamente figurados, que volvió los ojos al sol como quien no acabara de creer el día; y al ponerlos segunda vez en el espejo, halló en lugar de la noche otro mayor asombro, porque se le ofreció ala vista un ejército de gente armada, que venía de la parte oriente haciendo gran estrago en los de su nación. Llamó a sus agoreros y sacerdotes para consultarles este prodigio, y el ave estuvo inmóvil, hasta que muchos de ellos hicieron la misma experiencia; pero luego se les fue, o se les deshizo entre las manos, dejándoles otro agüero en el asombro de la fuga. Trajeron en otras ocasiones a la presencia del rey mexicano diferentes monstruos de horrible y nunca vista deformidad; que a su parecer contenían significación y denotaban grandes infortunios; y si se llamaron monstruos de lo que demuestran, como lo creyó la antigüedad que los puso este nombre, no era mucho, que se tuviesen por presagios entre aquella gente bárbara, donde andaban juntas la ignorancia y la superstición. Dos años antes de la llegada de los españoles se oía de noche una voz continua de una mujer, que a grandes gritos decía: "Hijos míos, ya vuestra destrucción se ha llegado, ¿adónde os llevaré para que no os acabéis de perder?" Otras veces vieron dos hombres unidos en un cuerpo, y otros con cuerpos de dos cabezas; los cuales llevados a la sala negra, que era la de los agüeros, desaparecían y se hacían invisibles. Últimamente, en el año que llegaron los españoles a esta tierra (que fue el de 1519), apareció un cometa grande en el aire, de gran resplandor, que no se movía de un sitio, y duró en esta postura por muchos días, causando nuevos asombros en los ánimos ya conturbados con las visiones antecedentes. Otros especiales avisos tuvieron estas gentes para conocer el error en que vivían, y que era falsa la adoración de sus dioses; que no sólo les dejaron aviso los padres ancianos a sus hijos de que había de fenecer el culto de sus ídolos, y sus ceremonias y ritos, quedando sujetos a las gentes blancas, que vendrían del oriente, y a quienes éstos llamaban hijos del sol; mas dos reyes de Texcuco (19), contemporáneos de Motecuhzoma, tuvieron por falsa la adoración de los ídolos, y así lo daban a entender en obras y palabras. Aunque es verdad que los pronósticos y señales espantosas poco ha referidas, podían servir de anuncio al acabamiento que amenazaba de la gentilidad como lo eran demostrativos de ésta porque no daban claridad de lo que significaban, para que cuando llegase la ejecución de la ruina supiesen no ser acaso por disposición divina, quiso nuestro Dios soberano manifestarlo en esta forma: el emperador Motecuhzoma, al principio de su gobierno, casó una hermana suya con el rey de Tlatilulco, que a pocos años quedó viuda, servid ay asistida de señores y plebeyos. Adoleció de una grave enfermedad de la cual murió, y se hizo el entierro con majestuosa pompa, asistiendo a los funerales el emperador y toda la nobleza de su corte. Viéronla sepultar en una bóveda que estaba en el jardín donde solía bañarse; cubierto el sepulcro con una loza no muy pesada. Al rayar el día siguiente la vio una niña de cinco o seis años y sin cobrar susto, porque no la tenía por muerta, vino llamada de la difunta, y ésta le dijo llamase a su mayordoma. La dueña teniéndolo a ilusión, procuraba divertir a la niña, pues ésta proseguía en sus instancias tirándola de la ropa, hasta conseguir que fuese adonde la llamaban. Al ver a la difunta sentada en un escalón del baño, cayó desmayada en tierra, y avisando la niña a otras duelas de la casa vinieron, y visto el caso, se mandó llevar la resucitada a su aposento. Otro día hizo llamar al que había sido su mayordomo, y le mandó llamase a su hermano, que tenía que decirle cosas importantes. Más no atreviéndose éste a ir con la embajada al emperador, hizo le llamasen a su tío el rey de Texcuco, hombre de gran corazón y esfuerzo; y éste oyendo las razones de su sobrina, se fue a palacio y le dio de todo noticia al emperador. Oyólo con admiración y espanto, y acompañado de sus grandes vino al aposento y en presencia de todos le habló a su hermana con voz clara y sosegada en esta forma: "Todos los presentes tendrán por cosa nueva ver viva a la que antes dejaron enterrada; sepan que morí, y los que no lo creyeren, ténganlo por parasismo. En este tiempo que estuve en el sepulcro, quiero decir, por ser voluntad de Dios lo que vi, y las cosas que me pasaron". "Halléme en un valle muy espacioso y llano, y por medio de él se veía un camino dividido en diversas sendas; a un lado de este valle pasaba un caudaloso río, que queriendo vadearle me lo impidió un gallardo mancebo resplandeciente como el sol, y en la frente esta señal (haciendo la cruz con los dedos), y tomándome por la mano me dijo, aún no es tiempo que pases este río, que Dios te quiere bien aunque no lo conoces, y me llevó por aquel valle, que se quejaban con gemidos muy dolorosos". "Más adelante vide muchas personas negras con cuernos en la cabeza, que se estaban dando prisa en edificar una casa, y volviendo a mirar al oriente vi que venían por las aguas del río arriba unos navíos con muchas personas de otro traje diferente al nuestro, los ojos garzos, de color bermejo, y con pendones en las manos y capacetes en las cabezas, y el mancebo que me guiaba me dijo: éstos han de publicar la verdadera fe, y el verdadero Dios; ha de haber muchas guerras, y aquellos que ves con cuernos, tan feos y negros, preparar aquellas casas donde han de penar los que murieren, y que cuando apaciguasen las cosas, y se publicase el lavatorio del bautismo, fuese yo la guiadora de las gentes que habían de ir a él". Con atención y silencio oyó Motecuhzoma a su hermana; pero atribuyéndolo a locura lo redujo a desprecio; ¡qué tanto puede la ceguedad obstinada! Esta señora vivió después muy recogida, y fue la primera que recibió en Tlatilulco el santo bautismo y se llamó doña María Papantzin, la que haciendo vida de buena cristiana, acabó sus días loablemente. Este caso es tan memorable, dice nuestro Torquemada, se remitió por escrito a España, y fue cosa muy cierta entre los antiguos, y doña María muy conocida en Tlatilulco. Bien se deja conocer, que estos pronósticos y novedades tan exquisitas no se quedarían dentro de los límites del imperio mexicano, pues muchas cosas de las señales del cielo fueron vistas por todos estos reinos, y de las otras que pasaron en México tuvieron especiales noticias; y como con la venida de los españoles se iban verificando los vaticinios, concibió el rey de Michoacán con todos los magnates, agoreros y sacerdotes de su reino que sería lo mismo introducirse en los dominios de la corona de España que caérsele la suya de la cabeza. Reinaba por este tiempo que aportaron los españoles a la vera Cruz, Sinzicha, hijo del rey Sihuanga, y le quedaron cuatro hermanos que pudieran disputarle la corona. Como ésta no admite compañía, dice la crónica del M.R.P. La Rea, les hizo quitar la vida, aunque no me persuado fuesen todos muertos, por cuanto en las décadas de Herrera, cronista general de las Indias, haber enviado al rey Sinzicha un hermano suyo con legacía para el invictísimo don Fernando Cortés, y pudo ser que por menor de edad se libertase de la muerte que padecieron los otros hermanos. Asegurado ya en el reino, gozaba de prosperidad; aunque zozobraban el gusto de esta posesión las continuas batallas con el emperador, que émulo de su corona no cesaba de inquietar sus dominios. En estas competencias forcejeaban los dos monarcas, cuando entraron los españoles en esta tierra, que fue el año de 1519, en que, como cometas refulgentes del oriente, y como rayos e hijos, no del sol material, como decían los indios, sino del verdadero Sol de Justicia por su cristiandad, desvanecieron las sombras del gentilismo. (19).- Correctamente: Tetzcoco (J.I.D.G.). Libro Primero Capítulo VII Cómo quiso confederarse el emperador con el rey Sinzicha contra los españoles, y lo que éste ejecutó Despachado el ínclito capitán don Fernando Cortés de la isla de Cuba para el descubrimiento de nuevas tierras, llevando en su estandarte las armas reales, y una cruz con un letrero en latín, que decía: Sigamos la Santa Cruz, que con ella venceremos, después de haber descubierto la isla de Cozumel, el Cabo de Catoche, y haber registrado el río Tabasco, por los mismos rumbos que antes había navegado Juan de Grijalva, llegó Viernes Santo a desempacar en el puerto de San Juan de Ulúa, y por ser el día tan señalado nombró aquel paraje La Vera Cruz. De todo esto tuvo específica noticia Motecuhzoma, porque al instante que los indios de Tabasco vieron los navíos, armas, trajes y color de los soldados, y por la posta lo remitieron todo al emperador. Este, ya conturbado con los pronósticos que habían precedido, conjeturaba si acaso eran dioses los que surcaban las aguas en aquellas casas de madera, o si acaso eran hijos del sol por venir del oriente. Conmovido de esta novedad, despachó por sus gobernadores un rico presente con diferentes piezas de oro, ropas sutiles de algodón y plumas de varios colores, todo con intento de que no pasasen adelante. Admitió el capitán Cortés el regalo, y retornó con un presente proporcionado a la grandeza del emperador. Y viendo que determinaba pasar a su presencia, trató segunda y tercera vez con muchos más ricos presentes de instarle que se volviese. Pero no bastó todo el conato del emperador, para impedir los designios que tuvo siempre el de pasar adelante el generoso caudillo. Dejando fundada la villa rica de Vera Cruz, dispuso su jornal para México, y en las primeras facciones de los de Zempoala llegó el rumor de las armas a la corte de México; y esta noticia de venir caminando todo el ejército con el designio de venir y hablar al emperador, le causó tal consternación y le hizo entrar en cuidados tan grandes, que hizo junta y llamó a consejo a los mayores de su reino con todos los ancianos para ver la resolución que debía tomar en caso tan apretado. Ya en esta sazón el gran Cortés estaba confederado con el señorío de Tlaxcala, y entrando en nuevos temores el emperador, por ver a los españoles auxiliados de sus mayores enemigos, consultó por medio de sus hechiceros a sus oráculos, y todos le respondían que por ninguna manera permitirles entrar en México a los españoles, pues de su venida era cierta su destrucción y ruina. Ya el agua llegaba a la boca porque la determinación del español caudillo estaba declarada de entrar en la imperial ciudad, retando a morir o vencer hasta conseguirlo. Viendo, pues, Motecuhzoma, que ni dádiva sin súplicas, ni todas las diligencias que había puesto para impedir los designios de Cortés eran suficientes a estorbarlo, y con tener tantos millares de indios guerreros, para poner temor en los españoles, pues todo el orgullo de su imperio no bastaba a reprimir el valor de tan formidable caudillo, determinó buscar fuera de su reino nuevo auxilio militar, aunque fuese menos decoroso a su opinión y a la fama de su conocido valor. Oprimido de estos aprietos el imperial monarca, con toda solemnidad y aparato (envió) a uno de sus principales por embajador al rey de Michoacán, proponiéndole la violencia de los hijos del sol, y el desacato de unos extranjeros, que se querían alzar con sus tierras despojándolos de sus coronas, y profanar el culto y religión de sus dioses. Y que por tanto, temiendo la indignación de ellos y que no les castigasen la omisión de su defensa, dejase antiguas enemistades y tratasen ambos de la restauración de sus tierras por cuanto sentía algunas emulaciones y odios ocultos (que le daban más cuidado que el suyo siendo declarado) que habían de ser el cuchillo del imperio y el incendio de los demás; porque rendido él, se habían de sujetar todos, y consiguientemente el gran Caltzontzi de quien no sería bien que se dijese que se abatía el valor a cuatro extranjeros que no pudo sujetar el mayor monarca. Estas y otras razones, que más parecen efectos del temor que reconocimiento al esfuerzo del tarasco, le propuso para moverle a su defensa y reducirle a la resistencia de los españoles, porque ya Motecuhzoma, como se veía en las uñas del león, por dondequiera que volvía los ojos, no miraba sino angustias, que eran los aprietos de la guerra, cuyo estruendoso ruido resonaba a sus oídos, y el estrago lo iba experimentando en muchas tierras de su gobierno. Siendo, como es, de derecho natural defender cada uno lo que es suyo, y resistirse aunque sea con armas al que intenta quitarle aquellas cosas a que tiene derecho, posesión y dominio, movió de manera el emperador al rey de Michoacán, que determinó confederarse con él y declarar la liga para levantar de la una y otra parte numerosos ejércitos, que no sólo resistiesen el curso violento del que llamaban hijo del sol, sino que lo debelasen y prendiesen para sacrificarlo a los dioses. No es dudable que el consentimiento que mostró a los principios el rey Sinzicha de unir sus armas con las del imperio diese nuevo aliento al emperador, por la satisfacción que tenía del esfuerzo del tarasco, para que con empeño tratase de la expulsión de los españoles, que le iban poniendo en durísima opresión por todas partes. Estaba el imperio mexicano tan ardiente y orgulloso, que la sangre no le cabía en la venas y alterado con el nuevo socorro que el rey de Michoacán le había prometido, concebía nuevas aunque confusas esperanzas de ver destruido con su caudillo todo el ejército español, puesto que era tan crecido el número de sus soldados y los de Michoacán, que sin hipérbole podían poner mil contra uno de los de Europa. Pero como el estruendo no para adonde da el rayo, sino que pasa amenazando a todas partes con el estrago, así el invictísimo capitán Cortés daba el golpe en la cabeza de este mundo americano, y el estruendo pasaba amenazando a los reyes y provincias, conque todos antes de experimentar el golpe escarmentaban en cabeza ajena. Esto se vio cumplido en el rey de Michoacán, quien cada día se informaba del estado en que se iba poniendo la guerra, y le venían repetidos avisos por los correos que despachaba, de las hazañas, valor y militares esfuerzos que le referían de los españoles, el estrago que hacían en los enemigos las armas de fuego, la ligereza de los caballos, y todo junto le hizo formar un concepto de que era en vano oponerse a unos hombres que tanto tiempo antes tenían pronosticado sus antepasados habían de venir de las partes de oriente y habían de dominar a todos estos reinos y gentes de occidente. No podía olvidar los funestos anuncios que se vieron en la plana de los cielos, con otros desengaños de fatalidades experimentadas en su reino; y para resolverse a dar auxilio con sus armas, que tenían puestas y prevenidas a punto de guerra, hizo juntar todos los sátrapas y magistrados para consultar los daños que pudieran seguírsele, o conveniencias que pudiesen lograrse de hacer un cuerpo con los batallones del imperio; y todos uniformes, recurriendo a los vaticinios antiguos, reconocieron la declinación de la monarquía y fueron de parecer, no tomasen las armas, sino esperando a ver lo que sucedía en la imperial de México, si quedasen (como temían) los españoles victoriosos, le darían de paz, por hacer voluntarios lo que habían de obedecer violentos. Este consejo les salió tan bien logrado, que, como iremos viendo, el reino de Michoacán se conquistó sin sangre y sin fuego. Libro Primero Capítulo VIII De qué manera se descubrió la provincia de Michoacán y quién lo hizo De la materia de este capítulo no hizo mención la crónica de Michoacán, acaso por no parecerle necesario; pero hallando en el Cronista general de estos reinos, Antonio de Herrera, cosas muy especiales que conducen a esta historia, no me pareció defraudar a los lectores de tan curiosas noticias. Después de haber ganado el general Cortés la gran ciudad de México, solicitaba tener nuevas de otras provincias, y para esto remitió a un soldado que llamaban Villadiego, con algunos indios y cosas de rescate, con orden que recorriese las tierras comarcanas; pero ni él ni los indios parecieron más. (20) "A otro soldado llamado Parrillas, a quien solía enviar para proveer de gallinas el ejército, llevado de los moradores del pueblo de Matlalzinco, tocó en la raya de Michoacán, y los indios se alegraron mucho de verle, tocándole con las manos como cosa nunca vista, representándoseles que muchos como aquél eran bastantes para superar mayores ciudades que México, y por señas, y por intérprete, respondió a lo que le preguntaban, y se enteró de la tierra de Michoacán, informándose si tenían plata u oro y con alguna labrada que le dieron y dos indios que acompañasen, se fueron a la presencia de Cortés muy contentos. Mandó los tratasen muy bien, y que los llevasen por todo el ejército, que hizo escaramucear delante de ellos, de que quedaron no poco espantados. Dioles algunas cosas de castilla y por el intérprete les dijo: que los cristianos siendo tan valientes para sus enemigos, así amparaban a los que se hacían sus amigos, y que presto los harían a ver y enseñarles cuán errados vivían en adorar falsos dioses, y en sacrificar hombres, y que se podían ir en buena hora a su tierra. Mandó que los acompañasen algunos indios mexicanos, y recelándose de ellos los tarascos, admitieron por compañeros a algunos tlaxcaltecas hasta llegara a su pueblo. De allí pasaron los tarascos a noticiar a su rey todo lo sucedido. Determinó entonces el español caudillo descubrir esta tierra, y para ello escogió al soldado Montaño y a otros tres castellanos, que tenía por hombres de discreción y de valor, y dándoles veinte señores indios que les acompañasen con un intérprete que sabía las tres lenguas, la mexicana, la otomí, la michoacana, mandóles dar muchas cosas de rescate y encargoles que procurasen ver y hablar al señor y tratar amistad con él, informándose de la gente, las armas, fuerzas, contrataciones, fertilidad y disposición de la tierra y que pudiendo hablar despacio con el señor le diesen razón de quiénes eran el Sumo Pontífice y el rey de Castilla, desengañándoles de muchas cosas en que estaban ciegos; y que por no haber querido los mexicanos recibir tanto bien había permitido el gran Dios de los cristianos que fuesen destruidos, como haría a todos los que le imitasen. Prometió a Montaño y a sus compañeros, si traían buen recado, de hacerles grandes mercedes, y luego delante de ellos dijo muchas cosas a los veinte señores; y entre otras cosas, lo que principalmente les rogó y encargó fue "que yendo con aquellos castellanos que eran muy valientes y "hermanos suyos, los guardasen y que nunca los dejasen, porque de esto recibiría gran contento y lo pondría en obligación de que volviendo los haría mayores señores; y como para tal negocio convenía encargarles mucho que en las demandas y respuestas dijesen y tratasen toda la verdad; y que si viesen con el señor de Michoacán, como testigos de vista le contasen el poder de los cristianos, y que cuán bien les estaría darse por vasallos del emperador de ellos, que era el rey de Castilla". "Partieron, pues, todos juntos muy alegres; caminaron cuatro días sin apartarse unos de los otros hasta que llegaron cerca del pueblo que se llama Taximaroa, raya de Michoacán; y como los vecinos y el señor de él tenían tan buena relación de los castellanos, por lo que los indios habían dicho, el señor gobernador de él, con muchos principales que le acompañaban y con mucha gente popular, por ser el lugar grande, les salieron a recibir. Abrazó a los cristianos, dioles (como tenían de costumbre), rosas y ramilletes y luego abrazó a aquellos indios señores. Pararon un rato, y por el intérprete, el señor les dio la bienvenida, diciendo: "Que se holgaba mucho que a su ciudad y casa hubiesen llegado tan buenos huéspedes, que se holgasen porque él los serviría y regalaría cuanto pudiese; y que estuviesen ciertos de que él deseaba mucho conocer a su capitán, y por él, ser criado y vasallo del señor de los cristianos, porque veía que su poder era tan grande que estando su persona tan lejos de México, con pocos criados y vasallos, hubiese sujetado la más fuerte ciudad que en aquellas partes había, y que tenía entendido que lo mismo podría hacer de todos los demás reinos de aquella tierra; y que supiesen que desde aquel pueblo adelante comenzaba el reino de Michoacán, sujeto a un gran señor, que era capital enemigo de los mexicanos, y que la tierra era grande y fértil, y muy poblada de hombres, y muy diestros en las flechas; y que creía que aquel gran señor enviaría presto embajadores a Cortés, ofreciéndole su persona, casa y reino". "Los castellanos recibieron de esto gran contento, porque vieron que de tales muestra no se podía seguir sino próspero suceso; dijéronle que con el tiempo vería el gran valor de Cortés, y que por él y sus compañeros conocería el gran poder del emperador de los cristianos y que comunicándose todos se desengañarían de los errores en que estaban. En éstas y otras pláticas, todos muy alegres, dieron la vuelta hacia la ciudad, la cual por la guerra con los mexicanos, (aunque era muy grande), estaba cercada de trozos muy grandes de encina, cortados a mano. Tenía esta trinchera o muro de alto dos estados y uno de ancho y parecía muy antigua; renovábase siempre sacando los trocos muy secos y metiendo otros recién cortados, para lo cual habían maestros y peones diputados que en ninguna otra cosa se ocupaban, pagados del dinero del reino. Por lo alto y por el lienzo de afuera y de adentro, iba tan igual y tupida la cerca, que no pudiera ser mejor labrada de cantería. Acostumbraban desde su principio por la victoria que contra los mexicanos tenían, de no quemar leña vieja y seca que sacaban de ella, sino en sacrificio de sus dioses. Hacían ciertas ceremonias cuando metían la nueva, significando que con su favor se haría aquel muro tan fuerte, que sus enemigos nunca entrarían por él, y que de él saldrían los amigos y volverían victoriosos. Entrados que fueron en el pueblo, les llevaron mucha comida y les hicieron muchos regalos, y tan buen tratamiento que los castellanos quedaron espantados; pero con todo y eso, aquella noche estuvieron despiertos y en vela como hombres de guerra que querían estar seguros. Otro día los castellanos avisaron a Cortés de lo que pasaba y prosiguieron su camino a Michoacán; tardaron en llegar seis días acompañándolos cada día más gente de los pueblos comarcanos, que al camino salían a ver los que tan gran negocio habían acabado con sus enemigos los mexicanos. De la llegada de los castellanos a Taximaroa, el gobernador avisó al rey, y a los gobernadores de los otros pueblos por donde pasaban, hasta enviar puntados a los castellanos cómo iban, cómo comían, cómo dormían, las armas y vestidos que llevaban; y cuando llegaron a media legua pequeña de la ciudad de Michoacán, el rey, para mostrar su poder y su buena voluntad, mandó salir a ochocientos señores vestidos de fiesta, que cada uno tenía diez o doce mil vasallos; salieron con ellos tanta gente, que cubrían los campos. Llegados los castellanos, los abrazaron; y uno de ellos que parecía tener más edad y más autoridad, dándoles primero unas rosas, dijo: El gran señor nuestro, cuyos vasallos somos los que aquí estamos, nos mandó os saliésemos a recibir, y que os dijésemos fuésedes muy bien venidos y que por particulares mensajeros, desde que llegasteis a Taximaroa, hasta adonde ahora estáis, os ha enviado a visitar, significando el contento que con vuestra venida tiene; dítonos que entrando en su gran ciudad seréis tratados como en la vuestra, donde os ruego reposéis y descanséis, y que os hace saber que de lo que deseáis entender de él y de su reino, os dirá gran parte, y que así recibirá gran merced en que de Cortés y del muy gran señor suyo, el emperador y rey de Castilla, le deis cumplidas nuevas, porque desea mucho ser amigo del uno y vasallo del otro. Los castellanos respondieron en pocas palabras; después de lo cual guiároslos a unos aposentos bien grandes y extrañamente labrados, que parecían bien ser de tan gran príncipe. Llevábanlos con grandes ceremonias de crianza y reverencia, diéronles a comer variedad de manjares, tocaron sus instrumentos músicos, que son muchos y hacen mucho ruido, y en comiendo, el gran señor los fue a ver, (aunque dice Montaño en su relación que antes que les trajesen de comer), salió con gran majestad a verles, y haciéndoles señor de paz, no consintiéndoles llegar a él, les dijo que reposasen y que volvería luego a hablarles despacio. (20).- Desde aquí comienza lo que copió el autor de Herrera, Dec. III, lib III, cap. III y siguientes, tomo II, pag. 81 de la edición matritense de 1726 (EE. 1ª. Ed). Libro Primero Capítulo IX Lo que pasó a los españoles con el rey de Michoacán, que intentó sacrificarles, si no se lo estorba un caballero de su consejo De ahí a dos horas que comieron los castellanos, se presentó el rey, y aunque ellos le salieron a recibir, no consintiéndoles llegara él, les dijo por el intérprete con gran severidad: ¿quién sois?, ¿de dónde venís?, ¿qué buscáis?, ¿para qué venís de tan lejos? ¿Por ventura en la tierra donde nacisteis no tenéis qué comer ni beber, sin que vengáis a ver y conocer gentes extrañas?, ¿qué os hicieron los mexicanos que estando en su ciudad los destruisteis?, ¿pensáis hacer lo mismo conmigo? Pues yo, tan valiente y poderoso soy, que no consentiré, aunque he tenido siempre guerra con los mexicanos y han sido grandes enemigos míos. No se holgaron nada los mexicanos con estas palabras y con todo eso, Montaño por el intérprete dijo: Gran señor a quien tus dioses prosperen y en mayores reinos adelanten, no hay por qué te receles, que tus amigos somos, enviados por el capitán Cortés, no a otra cosa sino para que le conozcas y le tengas por amigo, que le hallarás tal en todo lo que se ofreciere a ti o a los tuyos, y pues en pocas palabras me has preguntado muchas cosas, a que no te podemos responder sino suplicándote no sigas despacio, que después de que lo hayas hecho no te pesará. Nosotros somos cristianos, nacidos en una tierra que llaman Castilla, venimos por mandato de un muy gran señor, que se dice emperador de los cristianos, a quien nuestro Dios puso en su corazón que viniésemos a ver estas tierras nuevas, no porque en la nuestra nos falte lo que tenemos menester, que antes nos sobra para la vida humana. Venimos después de que tuvimos noticias de las tierras que hemos descubierto, a dos cosas principalmente: la una a comunicaros y teneros por amigos, dándoos de lo que nosotros tenemos y vosotros no tenéis acá, recibiendo de vosotros por vía de contratación y amistad lo que en nuestra tierra no tenemos como se hace y se usa en todas las tierras del mundo; y vosotros según hemos entendido, lo usáis, lo cual es cosa que los reinos se ennoblezcan. "Pero la segunda causa es la que más importa y que resulta del trato y comunicación que con vosotros deseamos tener: el desengañaros de una gran ceguedad y error en que el demonio os tiene metidos, haciéndoos adorar dioses falsos y quebrantar en muchas cosas la ley natural que acerca de todos los hombres tanta fuerza tiene; y aunque al principio os parezca áspero por las costumbres que en vuestro error tenéis, cuando nos halláis comunicado se os hará fácil y sabroso; y si hicimos guerra y destruimos a los mexicanos, fue porque nos quebrantaron muchas veces la amistad, y con traición nos quisieron matar y por castigar las injurias y tiranías que hacían contra muchas naciones que nos pedían socorro-; y así, aunque eran muchos y muy poderosos, y puestos en ciudad tan fuerte, no fueron parte para defenderse ni para ofendernos, porque nuestro Dios, que es uno, y sólo poderoso, peleaba contra ellos y contra sus dioses. Y si queréis, gran señor, saber ,más claro cómo no procuramos hacer mal a nadie, infórmate de cuán buen amigos y favorecedores hemos sido de los que se nos han encomendado, y así entenderás que queriendo tu ser nuestro (como lo has enviado a decir), te holgarás mucho con nuestra amistad, y no hay para qué des oídos a malos consejeros, para que hagas otra cosa de lo que debes a tu real persona, que nosotros en lo dicho te hemos tratado toda verdad; y si no lo crees, pues tienes intérpretes mexicanos, pregúntalo aparte a los que con nosotros vienen, que ellos te lo dirán, aunque no son de nuestro linaje ni nación. "Muy atento estuvo el Caltzontzin, resolviendo en su pecho grandes cosas, porque de las que había oído unas le daban contento y otras le ponían temor, y reparando un poco como pensando en alguna cosa respondió: que se holgaba de habernos oído y que reposasen, que el daría la respuesta. No mostraron punto de flaqueza por no caer de la reputación en que estaban puestos, que era tenerlos por invencibles hijos del sol. Trataban entre sí lo que harían, y finalmente, como los que no podían salir a parte alguna de noche ni de día que no fuesen sentidos, determinaron de esperar lo que les sucediese. "Había mandado el Caltzontzin que mucho número de gente, disimuladamente, con armas secretas guardasen a los castellanos en los patios del palacio, ya sí estaban sentados y otros paseándose, cuando ordenó a dos señores que dijesen a los castellanos que ni de noche ni de día, por ninguna causa, pasasen sin licencia una raya que les hicieron, de mucho que se alteraron, pero disimulando lo mejor que pidieron, uno de ellos con rostro muy alegre, dijo: Decid a su majestad que en su casa y reino estamos, y que mensajeros somos, y que con voluntad de servirle venimos, y que no discreparemos un punto de lo que manda, y si quiere que no salgamos de este aposento, lo haremos con tanta voluntad, como lo que ahora nos manda". Con esta respuesta volvieron a su señor, el cual, a la hora de vísperas, mandó hacer grandes fiestas por toda la ciudad, y encender en todas las torres de los templos muchos fuegos, y quemar cosas olorosas, sacrificando en ellas a sus ídolos gran cantidad de hombres, mujeres y niños, con gran estruendo y ruido de cornetas y caracoles, con continuos bailes y danzas de noche y de día y con canciones tan tristes que parecían del infierno. "Estas fiestas y sacrificios se hicieron en dieciocho días que duraron, con pensamiento de sacrificar a los castellanos; pero como Dios quería que cesase el sangriento señorío del demonio queriendo guardar aquellos castellanos y otros que habían de ser instrumentos del remedio de aquellos infieles, puso en el corazón de un gran señor anciano, del consejo del rey y que gobernaba sus estados, estas palabras, que una noche al cabo de los dieciocho días, le dijo: que sería bien que con todo acuerdo pensase primero lo que intentaba, porque era cosa cruel y no digna de tan gran rey, matar a los que iban a visitar y conocer, sin primero estuviese muy cierto si iban con buen ánimo o con malo, y que mirase que aquellos hombres y los que tenía su Capitán eran muy valientes, pues siendo tan pocos habían sujetado a una ciudad tan poderosa como México, y que su Dios (que decían) no era más que uno, debía de ser omnipotente, pues que los dioses mexicanos y aquel gran dios llamado Huitzilopochtli, que con tanta reverencia adoraban, no había bastado a defenderla, y que creía que aquellos cristianos eran hijos del sol, pues tan victoriosos habían quedado de sus enemigos, y que pues siempre había seguido su consejo le rogaba que se detuviese, pues en ello no había inconveniente, y que podría mejor considerar que era bien tener por amigo aquellos de quienes le podía resultar mucha ayuda y mucha ofensa". Estas palabras contentaron al rey y agradeciéndole el consejo mandó que cesasen las fiestas, y que los sacrificios no pasasen adelante. Envío a cuatro principales caballeros al aposento de los castellanos por cuatro de los caballeros mexicanos para informarse, y habiendo los castellanos escogido para ello los que tenían por mejor entendimiento, les dijeron que advirtiesen que el rey los quería sacrificar a todos y que para remediar este peligro era necesario, cuando algo les preguntase, que le dijesen la manera de pelear de los castellanos y le diesen a entender cuáles eran sus armas, el efecto de las escopetas y ballestas, la furia y bravura de los caballos, el ánimo y coraje delos hombres; que una pieza de artillería de una vez mataba cien indios, y el gran destrozo que los perros hacían en los indios enemigos de los cristianos, y que eran de tal calidad, que no se cansaban en la guerra, pasándose sin comer ni beber dos y tres días, y que los hombres sabían dormir cuando era menester, y que como en las cosas de la guerra eran tan venturosos jamás eran vencidos, y que asolaban con fuego y sangre a sus enemigos, pero que cuando pedían perdón y paz la daban y la guardaban no menos que si fuesen como ellos. Y que su rey cada día les proveía de armas y nueva gente, para que ningún rey ni señor, por poderoso que fuese, ni muchos juntos, se atreviesen a ofenderlos, y pues eran testigos de vista, le persuadiesen de procurarse la amistad de Hernando Cortés si quería conservar su reino y ampliarle en lo ajeno, y que no hiciese cosa de que después se arrepintiese; y que si todavía viesen que tenía mal propósito, le dijesen que sólo los cuatro caballeros eran bastantes para matar a todos cuantos los guardaban, aliende de que su capitán iría luego y le mataría, y destruiría su reino. Y si fuesen con Dios y hablasen con gran ánimo y no tuviesen pena, que allí quedaban ellos que morirían por ayudarles, sin faltarles en ninguna cosa como se los había mandado Cortés. Fueron los cuatro señores mexicanos con los que habían ido por ellos a presencia del rey, al cual según su modo, como a los dioses hicieron reverencia, y llamados a los intérpretes, delante de algunos de su consejo y de aquel prudente gobernador, preguntó muchas cosas, a las cuales respondieron tan bien y con tanto esfuerzo, como si Cortés con todo su ejército estuviera a las puertas de la ciudad. Mucho se espantó el rey y aquellos señores de lo que los mexicanos dijeron, y creyéronlo todo porque ya de mucha parte de ello tenían relación; mandó el rey tratar bien a aquellos indios porque le dijeron que eran caballeros; díjoles lo mucho que se había holgado de hablar con ellos, y de estar cierto de lo que antes estaba dudoso, y que se estuviesen en su palacio hasta que él mandase que fuesen con los cristianos. En el entretanto, los castellanos, habiendo pasado día y medio que los mexicanos no volvían, estaban temerosos de que los hubiesen muerto, y muy determinados de vengar su muerte, de tal suerte, que el rey y los suyos cuando se desengañasen que no eran inmortales entendiesen que caro les costaba ofenderles. "No tardaron en presentarse los cuatros señores muy alegres, y ellos, no menos contentos, les preguntaron lo que había pasado. Tres horas después fue el rey acompañado de cuarenta o cincuenta señores, y por pajes diez o doce mancebos muy bien dispuestos, y en seguimiento suyo más de veinte mil hombres, todos con arcos y flechas y engalanados, gritando como gente vencedora. Bien pensaron los castellanos que por ceremonia iban de aquella manera para matarlos y sacrificarlos a sus ídolos, apercibiéndose disimuladamente; y uno de ellos tuvo de traer un perro muy bravo, cebado de indios, con el propósito, si los acometían, de soltarlo. Entró el rey por el patio hacia donde ellos estaban con muy bien semblante; llevaba su arco en la mano, engastadas en él muchas esmeraldas, y a las espaldas una aljaba de oro, cuajada de pedrería que con el sol, el arco y aljaba relumbraban mucho; iba en medio solo, y algo apartados de él, y por los lados y espaldas, iban los caballeros más privados Los castellanos le recibieron hasta la raya e hiciéronle grande acatamiento con rostros alegres; entonces, apartándose a un lado, mandó apercibir gran cantidad de venados, conejos, codornices y otras muchas aves de caza, muertas y vivas, que pusieron a los castellanos en gran admiración, porque era la montería y caza mejor que habían visto. Estando el rey todavía en pie, llamando a los intérpretes, y mirando a los castellanos, les hizo un razonamiento. Otros dicen que por grandeza, mandó llamar a su capitán general, y que el capitán lo declaró al intérprete, y esto es lo más cierto. Lo que contenía el razonamiento era: pedir perdón a los castellanos por haberles detenido tantos días, y que la causa había sido haber estado aquel tiempo ocupado en las fiestas y sacrificios de sus dioses, que cada año acostumbraban hacer en aquel mismo mes; y que en lo que tocaba a pasar ellos más adelante, a ver la tierra de Cihuatlán, que no lo consentiría, porque si algo les sucediese en que fuesen heridos o muertos, no quería ser la causa, sino enviarlos tan sanos y tan buenos a su capitán como habían ido; a lo cual les rogaba le dijesen que era muy aficionado a su valentía, y que deseaba servir en todo y ser vasallo del rey de Castilla, que tan poderoso era; pues enviaba a tal capitán y a tales hombres que más parecían dioses, pues que siendo tan pocos, según había oído, en tan poco tiempo habían sujetado al imperio mexicano, que tantos reinos y provincias tenía. Y porque era costumbre de los reyes sus antepasados no enviar vacíos a los mensajeros que los venían a visitar, que otro día por la mañana los despacharía con dones para ellos y uno preferentemente para el capitán Cortés, el cual besaba las manos y suplicaba recibiese lo que enviaría más por prenda y señal de amistad que por el valor, porque todo su reino era poco para quien tanto merecía, y que lo más presto que pudiese iría a darle la obediencia, y en el entretanto quería enviar con ellos ciertos señores. Hecha esta plática, les dio toda la caza y les dijo que a su voluntad la repartiesen. No se puede decir el contento que los castellanos recibieron, porque cuando pensaban morir, verse libres y tan regalados, les parecía un sueño. Y así le respondieron aunque no con muchas palabras. Que besaban los pies a su alteza, y que en todo había mostrado quien era, de lo cual harían relación a su capitán y que de ello serían buenos testigos los señores que con ellos enviase, cuando volviesen con la respuesta de la embajada. Fuese el rey, mandó que les diesen de comer; llevaron tanto que había para cuatrocientos hombres; envíoles a decir que holgasen, porque sin duda a otro día los despacharía sin más dilación, y que él quedaba escogiendo los caballeros de su reino que con ellos habían de ir, los cuales llevarían el pescado de comida que para todos era necesario, hasta llegar a México, y que también enviaría cazadores que los fuesen entreteniendo. Parecieron otro día muchos caballeros con veinte indios cargados de ropa, de la muy estimada y veinte asientos de madera por maravilla bien labrados y cinco cargas de calzado, que ellos usan, de muy lindo cuero de venado blanco, y amarillo y colorado; y cincuenta marcos de joyas de plata y oro bajo; y descargando en el patio, todo lo pusieron sobre muchas esteras, que los indios llamaban petates, muy ricas y delgadas, y muchas mantas blancas y ricas, sobre las cuales pusieron en medio del patio tanta cantidad de piezas de plata y oro bajo y fino, que valdrían cien mil castellanos (21). Llegó el rey y por medio de su capitán general, y éste por otro privado, y el privado por el intérprete, dijo a los castellanos: que la ropa y las joyas que están descargadas en los cuatro ángulos del patio, el gran señor les hizo merced de ella, y que la que estaba en medio del patio, la diesen a Cortés su capitán, y le dijesen que le suplicaba que tuviese más cuenta con la voluntad y amor del que enviaba aquel presente, que lo poco que valía; y que como tenía prometido, cuando más lugar tuviese iría en persona a besarle las manos. Dichas estas palabras, se apartó con ocho señores de los que allí estaban, y les ordenó que fuesen a visitar a aquel gran capitán de los cristianos, y los entregó a los cuatro castellanos y a los mexicanos a los cuales mandó decir: que aunque sabía que tenían tan buen corazón que no era menester encomendarles aquellos ocho señores, que eran de los más queridos y favorecidos de su casa, que todavía, por lo que él debía a su persona, y a lo que aquellos caballeros quería, les encargaba mucho los tratasen muy bien, y que después que hubiesen llegado donde su capitán estaba, les suplicaba mucho de su parte se los tornase a enviar, sin hacerles mal alguno, sino que cuando ellos se quisiesen volver, lo pudiesen libremente hacer y que desde aquella hora, quedaba por su amigo y vasallo del rey de Castilla; y que vueltos que fuesen aquellos mensajeros, él mismo, como tantas veces había dicho, quería hacer aquella jornada. A esto, con mucho comedimiento y reverencia (porque aún no veían lo que irían, según habían estado atemorizados los cuatro castellanos), con muestra de alegría, respondieron: "que no eran tan malos, que habiendo recibido tantas mercedes en su casa, y a la postre haberles dado tantas y tan buenas joyas, no mirasen por aquellos señores, como estaban obligados, como si fueran sus hermanos; y que llegados que fuesen donde su capitán estaba, verían el buen tratamiento que les haría y las cosas que les daría, porque no sabía recibir sin luego gratificar, y que vueltos que fuesen a su casa real, le dirían con verdad haber ellos en este prometimiento quedado cortos, y su alteza holgaría de haberlos enviado; y se arrepentiría de no haber ido luego". El Calzonzin, delante de los castellanos, dijo pocas y muy breves palabras al despedirse de aquellos señores, que en suma fueron: "mi autoridad y crédito lleváis para visitar a este hijo del sol, hacerlo heis, con mucha cordura, dándole a entender lo que otras veces os he dicho, que le soy servidor y amigo y que así me hallará, cuando menester sea, y miraréis bien en su persona y tratamiento para que a la vuelta me deis cuenta". Mandó también ir ochocientos hombres para que llevasen las cargas y la comida, los cuales conforme a su uso encargándose salieron de la casa real uno detrás del otro, y por aquellos llanos hacían un hilo tan largo, que no se acababa de divisar. (21).- 35,156 $2 reales (N. de A.) Libro Primero Capítulo X Salen los castellanos de Michoacán con los embajadores del rey, y llegan a donde estaba Don Fernando Cortés Ya que los castellanos querían partir, el rey envió ciertos señores a mucha prisa rogándoles con muy gran insistencia que por cuanto a aquel lebrel que tenían, le había parecido el más hermoso animal que jamás había visto, le hiciesen tan grande placer de se le enviar, que por el enviaría todo el oro plata que pidiesen, porque animal tan valiente que había venido en compañía de tan fuertes hombres no podía dejar de ser muy bueno para la defensa y guarda de su persona y casa, que a ellos no les faltaría otro, porque sabían que en el ejército de Cortés había muchos que peleaban, y que en ninguna manera le dijesen de que no, porque lo sentiría mucho. Este mensaje dio pena a los castellanos, porque era tan bueno el lebrel que en aquel tiempo no tenía precio por ser muy grande, muy animoso, muy diestro en la gran guerra, y tan temido de los indios, que en soltándole aunque hubiese diez mil delante, no osaban parar, y era con esto tan presto y tan ligero, y tan cebado con los indios, que lo primero que hacía era devorar todos los que topaba y después que se le alejaban mucho los que iban adelante, revolvía sobre los que se levantaban, haciendo siempre presa en la garganta. "Estuvieron dudando qué harían, y Peñalosa, que era el dueño del lebrel, estuvo gran rato muy duro en darle, y aunque mucho se lo porfiaban sus compañeros, decía que más quería morir que dar el lebrel; pero temiendo como todos, que si no lo diera habían de ser sacrificados, siendo hombre de buen razón se dejó convencer. Los caballeros mexicanos decían que sin duda el rey entendía que tenía enojados a sus dioses, por no los haber sacrificado en aquellas fiestas, pues eran tan grandes enemigos suyos, y que por aplacarlos quería sacrificar aquel lebrel, y que si no se lo daban, entendían que todos morirían y también el lebrel, y que mejor era que a costa del lebrel se salvaran todos". "Peñalosa dio el perro muy contra su voluntad, pudiendo más (como era razón) el temor de la muerte que su excusada porfía, y porque no estaba para responder, uno de los compañeros dijo: que aunque aquel animal era el más apreciado que tenían, de muy buena gana servirían con él al rey, para que tuviese alguna prenda suya y se acordase de ellos, y que si de lo que tenían, otra cosa le parecía bien, se sirviese de ello, pues mucho más le debían, y que en lo que decía que enviaría oro y plata, que harto les había dado, y que no eran hombres que a quien tanto debían habían de vender aquel lebrel". "Y en el entretanto que el lebrel no los vio, salieron del patio como hombres encarcelados, no viendo la hora de verse fuera, y fue causa haber dejado el lebrel que por todo el camino fuesen temerosos, creyendo que ya que el rey le tenía en su poder, enviaría por ellos para sacrificarlos; acrecentóles este temor saber al cabo de dos días que caminaban, que se habían hecho solemnes fiestas en las cuales con granes ceremonias, pidiendo perdón a sus dioses, habían sacrificado el lebrel, al cual sacrificio concurrió mucha gente para ver cómo moría aquel animal tan bravo que tantos indios había muerto; hicieron este sacrificio particularmente los sacerdotes, con nueva ceremonias, diciendo al perro, como si los entendiera: "Ahora con tu muerte pagarás las muertes de muchos, cesarán las de los que más matarás, y nuestros dioses perderán la saña que contra los nuestros tenían, por no haber sacrificado a los cristianos que en nuestro poder teníamos". Dicho esto, tendiéronle como hacían con los hombres, de espaldas sobre las gradas del templo, en la piedra piramidal; tentándole el lado del corazón, con gran destreza con una navaja se lo abrieron, y sacándoselo untaron con él los rostros de sus ídolos, haciendo luego un baile, cantando con la tristeza que sabían en las muertes de los sacrificados. "Los castellanos prosiguieron su camino, y aunque se veían fuera de la cárcel, que tal lo era aquella casa real, iban tan cuidadosos que no pudieron gozar del pasatiempo del camino y de los servicios que los indios de Michoacán les hacían, sospechando que todo era falso para llamarlos, cuando menos pensasen, o para que descuidándose, aquellos ocho señores michoacanenses los matasen, pues llevaban consigo sin los de la carga, ochocientos hombres, y a esta causa, de día iban con cuidado sin apartarse uno de otro, y de noche se velaban". "De esta manera acabaron su jornada hasta llegar cuatro leguas de Coyoacán, donde Cortés estaba, a quien avisaron de su llegada, de que recibió grandísimo contento porque los tenía por muertos; envíoles cuatro hombres de a caballo, con algún refresco; holgase mucho con los castellanos y mexicanos, hizo mucha honra a los michoacanenses, mandóles aposentar y regalar, y después que hubo recibido el presente trató muy particularmente con Montaño y sus compañeros lo que les había parecido de la tierra y de la gente, y cómo el rey los había querido sacrificar y pedido el lebrel, y todo lo demás que sucedió; envió a llamar a los embajadores y para representar el autoridad que convenía, cosa que con aquellas naciones era el gran momento, se vistió una ropa larga de terciopelo, sentándose en una silla de espaldar, mandó que en la sala donde estuviese, todos los castellanos estuviesen en pie; y cuando llegaron a donde Cortés estaba, se levantó a ellos, y uno a uno con muy buen agracia, los abrazó y vuelto a sentar; el más anciano, haciendo a su modo cierta ceremonia, que al mismo tiempo hicieron los demás, dijo: "que el gran rey de Michoacán le besaba las manos y decía que por la gran fama de sus maravillosos hechos, que por todo aquel mundo volaba, no había cosa que tanto desease como verle, y que le había espantado que con tan poca gente de cristianos, hubiese vencido la más fuerte ciudad del mundo cuyos moradores estaban tan soberbios que les parecía que el poder de sus dioses no bastaba para humillarlos; de que se siguió, que por no hallar contradicción, sino en su rey dilataron tanto su imperio, que por algunas partes se extendía más de trescientas leguas, y que lo más presto que pudiese le iría a besar las manos y a ofrecer su persona, reino y amigos, que tenía muchos y muy buenos; y que de la comunicación y amistad resultaría el entender lo que acerca de su religión le quería decir". "Y porque de los cristianos que le envió, se informaría más largo de la voluntad y amor que tenía, no decían más de suplicarle, que les respondiese y despachase cuando le pareciere". Cortés agradeció su venida, diciendo: "Que se holgaba mucho que tales caballeros, criados de tan gran príncipe, hubiesen ido a él para pagar en parte lo mucho que le debía por el buen tratamiento que a sus castellanos hizo, y por el presente que le enviaba, y que así les rogaba que aunque podían irse cuando quisiesen, descansasen algunos días y viesen despacio el asiento de su real, las armas, los caballos y los ejercicios de guerra de sus soldados; y que en lo demás, deseaba por extremo ver personalmente a tan gran señor que tan poderoso fue contra el imperio mexicano, y que de haber venido no le pesaría, porque sabría y entendería cosas que a él y a su reino mucho conviniesen, y que en el ofrecerse por amigo suyo y vasallo del rey de Castilla, hacía más de lo que pensaba, y porque por esta vía sería más poderoso señor que nunca; y que en prendas de amistad, como el decía, le enviaría algunas cosas de Castilla, que aunque no fuesen muy ricas, por su novedad y extrañeza le darían gran contento". Mandó luego hacer una escaramuza de a caballo y otra de a pie, y disparar algunos tiros y escopetas que fueron cosa extraña para aquellos señores, que con muy gran atención y admiración la miraban. Y recibidas las joyas que Cortés enviaba, y saliendo con ellos algunos castellanos, los despidió muy contentos". Libro Primero Capítulo XI Envía el rey un hermano suyo a visitar a Cortés y después fue a verle en persona Despachados los embajadores referidos con los cuales envió Cortés dos castellanos, que tomasen lengua, por aquella parte de la mar del sur, que es el poniente de México, determinó de hacer alguna buena demostración con el intérprete que fue a Michoacán, hízolo gobernador y cacique del pueblo Xocotitlán, por la verdad y fidelidad con que había procedido; y con los otros caballeros hizo lo que era razón. Llegado los michoacanos a su rey, dijeron tantas y tan grandes cosas en honra de Cortés, que le pusieron en gran admiración, preguntoles muy particularmente por todo lo que habían visto, y como ellos no fueron a otra cosa, hiciéronle tan particular relación de todo como si muchos meses hubieran estado con los castellanos, de que le nació tanta voluntad, que quiso ir luego a ver a Cortés si no se lo estorbaran los de su consejo; y habiendo hecho ciertos sacrificios para que su jornada fuese con voluntad de los dioses. Los más fueron de parecer que enviase a un hermano suyo que se llamaba Uchichilzi, el cual acompañó a Cortés cuando hizo la jornada de Honduras. Debo advertir antes de pasar adelante, que cuando entró heredando Sinzicha el reino de su padre Sihuanga, afirma la crónica de esta provincia que quedaron con él otros cuatro hermanos y que los hizo matar temeroso de que le quitasen la corona, y esto mismo refiere nuestro ilustrísimo Gonzaga tratando de la provincia de Michoacán; pero siendo todo lo que relaciona Herrera sacado de los papeles auténticos que se remitieron al consejo, me persuado poderse ajustar la diferencia con decir que quitó la vida a los cuatro hermanos mayores, y pudo a éste de que hablamos perdonarlo por ser de menos edad y confrontar con su natural y cariño. "Con este parecer envió el rey con su hermano más de mil personas de servicio y muchos caballeros, que para su servicio llevaron más de otras mil personas; diole para presentar a Cortés mucha ropa de pluma y algodón, cinco mil pesos de oro bajo, mil marcos de plata revuelta con cobre, todo en piezas de aparador y joyas. Ordenose que mirase con cuidado su era tanto lo que de Cortés se decía como sus embajadores le referían y si era así que el imperio mexicano estaba desecho enteramente y en que manera se gobernaba". "Era este hermano del rey, valiente, discreto, y como llevaba gran voluntad de ver a hombre tan famoso como Cortés, diose la mayor prisa que pudo en el camino. Entendiendo Cortés que iba, envió algunos caballeros con el intérprete a recibirle y darle bienvenida. Cuando supo que el huésped entraba en su palacio, le salió a recibir a la primera sala, abrazole e hízole grandes caricias, y tomándolo por la mano asentolo consigo, mandole traer de comer, hizo buen rostro al vino castellano; en comiendo por la lengua le dijo: "que aunque deseaba mucho ver al rey, se holgaba con su venida, pues era su hermano; y porque tenía gran noticia de su valor de cuán bien se había habido en las cosas de la guerra, especialmente contra los mexicanos". Uchichilzi holgó mucho con esto y lo agradeció con demostraciones y palabras a Cortés, diciendo que delante de él no había ningún valiente, pero con su persona y con todo cuanto tenía, le serviría todas las veces que se lo mandase, y que le suplicaba le oyese lo que de parte de su hermano y señor le iba a decir. Pidiole primero con grandes cortesías que recibiese aquel presente que allí le traía, y que muchos días había, después que sus castellanos fueron a su tierra, que su hermano y él le deseaban ver y hablar, por los maravillosos hechos que de su persona y de los suyos se contaban, y que su hermano fuera luego, si ciertas ocupaciones de su reino no se lo estorbaran; pero que a lo que entendía iría muy presto, y que le certificaba que era tan servidor suyo, y le sería tan buen amigo, que en lo que se ofreciese los tlaxcaltecas, de quien había conocido tanta voluntad, no le harían ventaja, y que también le decía que quedaba con tanta satisfacción de él, que no le habría gran cosa de que tanta merced recibiese, como en que le emplease en algo de su servicio como los capitanes tlaxcaltecas; y porque los embajadores que su hermano le envió contaron extrañas cosas de las armas, cosas y maneras de pelear de los castellanos, recibiría gran merced en que se lo mandase mostrar todo, y aquellas grandes canoas con que combatió la gran ciudad de México por los barcos. "Cortés, que no deseaba otra cosa, después de haberle con muy buenas palabras dado a entender lo mucho en que tenía su ofrecimiento, le dijo que el día siguiente, después que hubiese descansado, le mostraría todo lo que deseaba; mandó a sus capitanes que apercibiesen la gente para que otro día escaramuceasen a pie y a caballo, y que se aparejase la artillería y la arcabucería. El día siguiente, estando la gente con muy buena orden mandó que escaramuceasen". Partiose la gente en dos bandos, y en habiendo escaramuceado la infantería hecha escuadrón, hizo la caballería contra ella algunas arremetidas, jugando la artillería a su tiempo. Acabada la fiesta, Hernando Cortés con el huésped, en una canoa bien entoldada, fue a México acompañado de muchos caballeros que iban en otras canoas; vio la destrucción de aquella gran ciudad que antes vio muy floreciente, y le pareció espectáculo miserable y digno de compasión, con mucho que se enterneció. Fueron a ver los bergantines; mandó Hernando Cortés que se echase uno al agua en el cual entraron cuarenta o cincuenta hombres, navegaron un rato, notábalo todo el indio con mucha atención y maravilla. Vueltos a Coyoacán, determinó de partirse a su tierra, y con los presentes que le dio Cortés, y mucha honra y buen tratamiento que le hizo, fue contento; refirió al rey cuanto había visto, engrandeciendo tanto el valor de los castellanos, la cortesía que le había hecho, que se determinó luego de ir a ver a Cortés, y aparejó grandes presentes que llevarle. Dos cosas afirman que le movieron para esta jornada; la una, la novedad y grandeza de ver deshecho tan gran imperio por hombres que mientras eran menos en número, tanto más parecía cosa milagrosa; y por confederarse con ellos para mantener su estado, y si posible fuese, acrecentarse juzgando ser esto cosa muy honrosa. La otra por el parecerle que triunfaba de un reino con que había tenido mortal enemistad, gozándose de verle sujeto y destruido con su ciudad tan famosa y que solía ser el espanto de todas las naciones comarcanas. Partió, pues, Sinzicha (22), dicho Tangajuan (23) por sobrenombre rey de Michoacán, con gran majestad, enviando cada día desde la parte a donde se alojaba, mensajeros a Cortés avisando cómo iba, y a donde quedaba, con grandes cortesías y comedimientos; y acercándose al ejército castellano, Hernando Cortés le salió a recibir con la nobleza castellana muy bien aderezada y con la música, porque sabía que el rey llevaba la suya, poco más de media legua; y cuando los unos reconocieron a los otros, fue cosa muy de ver la salva, que con la música se hicieron, no cesando hasta que Cortés y el rey se juntaron, habiendo gran silencio como si no hubiera persona en el campo; el rey se humilló mucho a Cortés, el cual le abrazó con grande amor y reverencia, y por los intérpretes dijo: "Muy valiente y esforzado caballero, capitán y caudillo de muy valientes y esforzados caballeros, enviado por el mayor señor, que jamás he oído, suplícote cuanto puedo, perdones mi tardanza en no haber venido a verte cuando prometí, porque cierto muchas veces, como te habrá acontecido, los hombres (especialmente los que gobiernan) piensan uno y hacen otro. Yo vengo a servirte, y a ser vasallo, como tu lo eres del rey de Castilla tu señor, y así puedes mandarme de hoy en adelante, en todo lo que se ofreciere, que toque al servicio de tu gran príncipe; y porque lo que te ofrezco ha de dar testimonio las obras, en pruebas que corresponderán con mis palabras. Recibirás hoy ciertos presentes de oro, plata, joyas y otras cosas que en mi reino hay, para que entiendas que ofreciéndote mi persona, es lo mismo servirte con mi hacienda". Cortés tan alegre de las palabras y obras, como era razón, le tornó a abrazar y respondió: "que no se maravillaba de que no pudiese haber ido antes a verle, aunque lo hubiese prometido por la razón que él decía, que era muy justa, y que cada día solía suceder; y que de esto no tuviese pena, porque él con su venida estaba tan alegre y regocijado que no quería que le hablase más de aquello, y que le besaba las manos, y tenía en mucho así el ofrecimiento, como las obras, y que el rey su señor, le haría muy grandes mercedes, y que de la comunicación que adelante tendría, conocería muy bien el beneficio que a él y a su reino había de resultar, y desengañándose de los grandes errores con que el demonio, por tantos años, los tenía engañados". (22).- La ortografía de este nombre es muy variable según puede verse en escritos e impresos de diversas épocas: Sisincha, Sintzincha, Zincicha, etc., etc. (J.I.D.G.). (23).- El Dr. D. Nicolás León y otros peritos en la lengua tarasca escriben Tangasuán (J.I.D.G.) Libro Primero Capítulo XII Vuelve Caltzonzi a Michoacán quedando muy afecto a todas las cosas de los españoles Con estas y otras pláticas volvieron hacia los aposentos de Coyoacán, con mucho regocijo. Aposentole Cortés lo mejor que pudo, hízole toda la fiesta, que su posibilidad y aquella tierra sufría, mandó a todos los castellanos principales que en lo que pudiesen, diesen contento a los señores y deudos, que con él venían para que todos con el buen tratamiento se aficionasen a la conversación y amistad de los castellanos, y estos caballeros que llevaba el rey, iban a su usanza ricamente vestidos, con joyas y con penachos; pero el rey llevaba vestidos humildes y plebeyos para con esto mostrar a Cortés mayor humildad y obediencia, de donde los mexicanos burlando de él por verle (siendo como había sido capital enemigo suyo) entrar en su tierra (cosa que jamás el había imaginado) le llamaron Calzonzi, que significa alpargata vieja, y este nombre se le quedó para siempre, sin que jamás los castellanos le llamasen otro. Comía con Cortés con algunos de los más principales caballeros que llevaba, y a todos sabían bien las viandas de Castilla, y mejor el vino, al cual son todos tan aficionados que es menester gran rigor para que no se emborrachen. Mandó Cortés, como lo había hecho con su hermano, en aquellos días que allí estuvo el Calzonzi que hubiese escaramuza de a pie y de a caballo, y algunas salvas de artillería y escopetería, que no menos que a su hermano le pusieron espanto. Acabadas las fiestas, muy contento de los servicios y regalos de Hernando Cortés y agradecido de los presentes que le dio, se volvió a su tierra, dejando acordado que siempre que Cortés quisiese, enviase castellanos a ella, a donde serían bien recibidos, porque con gran maña y astucia iba siempre Cortés procurando de establecer y ampliar aquel estado. (24) Algunos meses después de vuelto el Calzonzi, rey de Michoacán a su tierra, continuando Hernando Cortés en el cuidado de fundar bien en todas partes la obediencia de la corona de Castilla, pues seguía a esto la introducción de la religión, porque sin ella no había esperanza de plantarla, y porque con las guerras pasadas, muchos indios espantados de ellas, se retiraban a otras muy apartadas, pareciendo que no era bien dar lugar a que se despoblase lo habitado y que el remedio de ello era que la gente entendiese, que en cualquier parte había de obedecer, envió al capitán Cristóbal de Olid, para que poblase en Huitzitzita, que decían los mexicanos y michoacanenses Tzinztuntzan, silla real de aquel reino; llevó cuarenta caballos y cien infantes. Fue bien recibido del rey que le dio mucha ropa rica, joyas de oro y plata, aunque mezcladas con cobre. Cristóbal de Olid asentó su población con este buen recibimiento y pacíficamente se fue entreteniendo por algún tiempo, procurando con el trato y comunicación de traer a los bárbaros al conocimiento de lo que les convenía; y poco después pasó a las provincias de Colima, para abrir camino por ellas al mar del sur, y sujetarlas". El cronista Herrera da por asentado que se hizo población en la corte del rey; pero es constante en las historias que hablan de este reino, haber sido los religiosos de nuestro Padre San Francisco los que poblaron con sólo los tarascos la ciudad de Tzintzuntzan con todo lo demás de la sierra; y si después de muchos años fueron poblando los españoles, y llegó a tener asiento allí la primera catedral de aquel reino, sólo se puede asegurar se mantuviese pacíficamente Cristóbal de Olid en aquella corte, puesto que como dice el mismo Herrera, poco después pasó a las provincias de Colima para abrir por ellas camino al mar del sur y sujetarlas. Por este tiempo que corría el año de 1522 el muy católico don Fernando Cortés, que tantos reinos sujetos a la corona de España reconociesen obedientes a la suprema cabeza de la Iglesia, no pudiendo esto conseguirse sin muchos ministros evangélicos, los pidió a su majestad católica con insistencia, y concluye en su carta diciendo: "así mismo V.M. debe suplicar a Su Santidad, que conceda su poder, y sean sus subdelegados en estas partes las dos personas principales de religiosos que a ella vinieren, uno de la Orden de San Francisco, y otro de la de Santo Domingo, los cuales tengan los más largos poderes, que V.M. pudiere". (25) Este capítulo de carta cuadró mucho al emperador; porque lo mismo le aconsejaron en España las personas que consultó sobre este negocio, diciéndole que para la conversión de estos indios enviase ministros, que no recibiesen de ellos sino sólo la comida y vestuario; porque de otra manera notarían en ellos fruto alguno espiritual; y así lo cumplió el emperador en todo tiempo que reinó, que fueron más de treinta años. Tardó en ponerse en ejecución la venida de los ministros; porque antes hizo su majestad junta de teólogos, y juristas para satisfacerse si podía en conciencia retener en sí el señorío de estos reinos y tierras, y asegurado de serle lícito su dominio, resolvió el emperador que los primeros ministros de esta nueva gente fueran frailes menores, no pudiendo venir los venerables padres Fr. Francisco de los Ángeles y Fr. Juan Clapion, que habían conseguido motu propio grandes facultades del papa León X, por haber recaído el generalato de toda la orden en el V. P. Fr. Francisco de los Ángeles y Quiñónez, que después fue Cardenal del título de Sta. Cruz (26), señaló doce ministros, varones apostólicos, para que en su lugar viniesen a las Indias. Nombró por comisario de esta primera misión al V.P. Fr. Martín de Valencia, a quien la piedad le ha dado el título de santo, y de primer apóstol de estas Indias Occidentales (27); señalose doce compañeros de su mismo espíritu, diez sacerdotes (28) y dos legos. Dioles por escrito una instrucción, que parece copiada de las epístolas de San Pablo, de ella me pareció conveniente copiar estas devotísimas cláusulas: "Lo primero que por vuestra consolación debéis notar, es que sois enviados a esta santa obra por el mérito de la santa obediencia, y no solamente mía en cuanto vicario de San Francisco, y ministro general pero Su Santidad, por un breve a mí dirigido, dice que los que yo señalare, él mismo les envía Aucthoritate Apostólica, como vicario de Cristo. Y así al presente no envío más de un prelado con doce compañeros, porque este fue el número que Cristo tomó en su compañía para hacer la conversión del mundo, y San Francisco nuestro padre hizo lo mismo para la publicación de la Vida Evangélica". Esta instrucción firmó y selló en el convento de Santa Maria de los Ángeles el día de nuestro Padre San Francisco de 1523. Este mismo año a 30 de dicho mes de Octubre dio la patente y obediencia para el P. Fr. Martín y sus compañeros. Salieron de la provincia de San Gabriel estos doce apóstoles de las Indias, y tomando la bendición de su general prelado, que quiso hallarse presente trayendo consigo la del Sumo Pontífice Adriano VI, se dieron a la vela Martes 25 de Enero, año de 1524, día de la conversión del apóstol San Pablo. Navegaron con próspero suceso y a 13 de Mayo del mismo año entraron en el puerto de Veracruz un día antes de la vigilia de pascua del Espíritu Santo, con cuyo celestial fauno les sopló viento tan favorable en todo el viaje, que siempre caminaron con suavidad nunca vista, ni oída en aquella carrera. Tuvo noticia de su feliz arribo el ínclito gobernador don Fernando Cortés, y dando muchas gracias a Dios por esta merced, envió algunos de sus criados para que los recibiesen, y regalasen, y cuando llegaron a México, el gobernador Don Fernando Cortés, acompañado de todos los caballeros españoles e indios principales, que para el efecto se habían juntado, los salió a recibir. Traían cada uno una cruz de palo en las manos, y al encontrarse con ellos el cristianísimo capitán se quitó la capa de los hombros, y la puso a los pies del santo Fr. Martín de Valencia, caudillo de esta pequeñuela grey de Jesucristo, para que pasase sobre ella, como hicieron con nuestro redentor en Jerusalén, y poniendo las rodillas en tierra de uno en uno les fue besando a todos las manos, sin consentir que los ministros de Dios se inclinasen. Hizo lo mismo Don Pedro de Alvarado y los demás capitanes y caballeros españoles, cuyo ejemplo siguieron todos los indios que presentes estaban, besando las manos de rodillas a los nuevos huéspedes y sacerdotes de Jesucristo. Tanto como esto puede en los súbditos el ejemplo de sus mayores. Puestos ya estos venerables religiosos en el fin de su jornada, comenzaron a esparcir las luces de su predicación apostólica, y a entregarse enteramente en la conversión de tantos infieles, como el Señor les ponía delante. Tuvieron su capítulo, y fue electo en custodio el santo Fr. Martín de Valencia, y considerando el celoso prelado haberlo destinado el cielo y a sus compañeros para fundadores de la fe y religión cristiana en todo este Nuevo mundo, hizo repartición de ellos a imitación de Cristo, y quedándose él en México con cuatro religiosos, repartió los otros doce de cuatro en cuatro por las ciudades de Tetzcuco, Tlaxcala y Huexotzinco, dije, con advertencia de haber repartido doce; porque a este tiempo había juntado otros cinco religiosos, que habían venido a estas partes antes que sus doce compañeros (29). Tenía en aquel tiempo la ciudad de Tetzcuco más de treinta mil vecinos, sin 15 provincias que le eran sujetas. Tlaxcala con sus contornos tenía más de 200,000; Huexotzinco ochenta mil. Habiéndose despedido de su prelado con tiernas lágrimas, tomaron la derrota, que se les señaló a cada uno. (24).- Lo que sigue es el principio del cap. XI de la Crónica de Herrera. (Dr. N.L.) (25).- Carta del 13 de enero de 1524. (EE 1ª. Ed). (26).- Electo en Burgos en 1523 gobernó hasta el 27 de septiembre de 1528 que fue creado Cardenal, murió el 27 e octubre de 1540. (EE 1ª. Ed.). (27).- No es exacto, antes del P. Valencia hubo otros misioneros. Véase: Los Conquistadores Espirituales de la Nueva España por el señor Canónigo Andrade. (EE 1ª. Ed.). (28).- Nueve sacerdotes, pues aquí se ordenó presbítero el padre Jiménez. (EE 1ª. Ed). (29).- Los franciscanos, también Melgarejo, Toro, Tecto, Ayora y Gante. (EE 1ª. Ed.). Libro Primero Capítulo XIII Teniendo el rey de Michoacán noticia de haber venido religiosos, fue personalmente a pedirlos para su reino. Estando ya confederado el rey de Michoacán con los castellanos; y prestada la obediencia al monarca de Castilla, luego que se supo con toda individualidad la venida de los doce primeros religiosos, y el recibimiento tan honorífico que se les había hecho en México, lo respetuoso de sus personas, y cómo los habían repartido para que adoctrinasen aquellas provincias más cercanas a México, no quiso ser el último en solicitar para su reino ministros evangélicos, que le alumbrasen con la luz de la fe, y desterrasen de todo punto los errores, y supersticiones en que él y los suyos se habían criado y vivido. Ya tenían algunos crepúsculos de luz con las conferencias que tuvo con Cortés, y deseando gozar de lleno las hermosas luces del sol que alumbra a los cristianos, y que ya comenzaba a esparcir sus rayos sobre el horizonte mexicano, determinó venir segunda vez en persona para llevar consigo alguno o algunos de los religiosos para que introdujesen la fe en su reino. Premióle Dios su buena voluntad, y diligencia, pues fue el primero que lavó su alma en las aguas del santo bautismo entre todos los de Michoacán, como sucedió después de poco tiempo, estando completamente catequizado, se le administró el santo bautismo, poniéndole por nombre Francisco, al que en otros tiempos era conocido por Sinzicha, y por el gran Caltzontzin, que quiere decir el calzado cacle, porque no siendo tributario del emperador, usaba como él, a distinción de otros reyes tributarios que se descalzaban en la presencia de Moctezuma. Quiso también la Majestad divina premiarle sus pasos, y diligencias en venir a buscar a sus ministros, pues llegado a verse con el V. P. Fr. Martín de Valencia, a quien hizo la patente sus deseos pidiendo con instancia que le diese uno de sus compañeros para que enseñase la ley de Dios a sus vasallos, halló su petición acogida en las piadosas entrañas del varón apostólico. Hízole cargo de ser muy justificado lo que se le pedía, y que era persona real quien lo suplicaba, y que no fue necesario derramarse una gota de sangre para sujetarse al rey de España, él con todo su reino, y por estas razones aunque era corto el número de sus compañeros, le señaló al V. P. Fr. Martín de Jesús por otro nombre de la Coruña, uno y de los primeros de los doce apóstoles indianos con otros cinco cuyos nombres menciona el memorial de la orden, del ilustrísimo Gonzaga, y fueron estos:; Fr. Ángel de Saliceto o Saucedo, después conocido por Fr. Ángel de Valencia, por ser de esta provincia; Fr. Jerónimo de la Cruz, de la provincia de Andalucía; Fr. Juan Vadiano o Vadilla, francés, de la provincia de Aquitania la Antigua (30); Fr. Miguel de Bolonia, flamenco y Fr. Juan de Padilla, de la provincia de Andalucía. Estos memorables varones fueron a Michoacán a fines de 1525, y aunque nuestro Torquemada y con él el M.R.P. La Rea ponen en duda haber podido ir cinco ministros para un solo reino, por ser solo 17 los que estaban en la tierra, y no haber venido misión en forma hasta el año de 1527, en contar salida (es) de esta dificultad en el mismo R.P. Torquemada, quien en el libro XV de su Monarquía, tomo III, capítulo 25, dice lo siguiente: "A cabo de ocho, o nueve meses, que habían llegado los doce primeros, a México, vinieron a ayudarles, en la segunda barcada, los padres Fr. Antonio Maldonado, Fr. Antonio Ortiz, Fr. Antonio de Herrera, Fr. Diego de Almonte, y otros muy esenciales religiosos, de la misma procincia de San Gabriel"; sin decir cuántos, con que de éstos no se nombra, pudieron ser los que fueron con el V. Fundador de Michoacán sean de éstos, o de los que venían poco después, es cosa asentada que fueron estos cinco columnas de la cristiandad primitiva de todo el reino de Michoacán. Luego que fue asignado el V. Padre Fr. Martín de la Coruña o de Jesús, tomando con sus compañeros la bendición al Custodio, siempre digno de alabanza, Fr. Martín de Valencia, sin más aparato que el ornamento y todo lo necesario para celebrar el santo sacrificio de la misa, a pie con su báculo y cruz en mano, el breviario colgado de la cuerda, y sin más abrigo de ropa que su hábito y manto, emprendió su viaje acompañado del rey Francisco y de toda su comitiva, que todos marchaban a pie por este tiempo. En todos los lugares, con aviso de su rey, salían a recibirlos con extrañas demostraciones de alegría, y a imitación y ejemplo de su príncipe, trataban a los religiosos con suma atención y reverencia. Llegaron todos a la grande población de Tzintzuntzan, y los llevó a hospedar el mismo rey a su palacio, y habiéndoles cortejado con real magnificencia le pidieron les asignase lugar para fundar su iglesia, y pobre hospicio. Para esto dieron vuelta por todos los barrios, y escogieron el lugar que les pareció más a propósito, y con la industria y trabajo de los indios, en breve tiempo hizo su iglesia de madera, y formó su pequeño convento con celdas pajizas al tamaño y nivel de la santa pobreza. Puso por titular de aquella primera iglesia a la gloriosísima señora Santa Ana, por ser su muy especial devoto, y para que de la gracia que encierra su nombre, se difundiese en todos los que se habían de convertir a la fe de Jesucristo. Puesto ya nuestro fundador con el rey Francisco en la ciudad de Tzintzuntzan, acabada su iglesia celebró en ella su primera misa, estando todo el nuevo templo adornado de flores y acompañando la festividad con todos aquellos géneros de instrumentos, que antes habían servido para festejar a los ídolos. Levantó el estandarte de la fe, erigiendo, muy altas, y bien labradas cruces de madera, para que a su vista se ahuyentase el fuerte tirano, que por tantos siglos había tenido la posesión de aquel reino. Viendo la plebe que el rey y todos los señores se mostraban tan afectos a la nueva religión, comenzó a conturbarse y resolvió ponerse en armas para defender la inmunidad de sus templos y de sus falsos dioses. Pero el respeto y temor de su rey, y el ver de su parte a los grandes señores, apagó todo el orgullo con que se habían amotinado y dieron lugar para escuchar a su nuevo apóstol Fr. Martín que valiéndose de la lengua del intérprete, les representó con mucha viveza y eficacia los abominables errores en que habían vivido, lo horrendo de los sacrificios que hacían de los hombres contra todo el derecho de la naturaleza, y la falsedad de sus ídolos, y dioses, y retratos del demonio. Manifestóles la suavidad de la ley de gracia, y les hizo conocer la verdad de un solo Dios todo poderoso, en cielo y en tierra, y que todas las naciones del mundo fueron, y son hechura de sus manos, que a Él sólo le tocaba el dominio de todos los reinos, y que el demonio con sus engaños había procurado hasta ahora tenérselos en esta tierra usurpados; pero que movido este gran Dios, y Señor absoluto, de su infinita piedad y misericordia, enviaba a sus ministros para que los libertasen de la esclavitud del demonio, y que para esto la primera diligencia era detestar la adoración de los ídolos, asolar y destruir todos los templos, execrar los inhumanos sacrificios, y enterados de las verdades de nuestra santa fe, arrepentidos de la abominación de sus culpas, lavasen todas sus manchas con las aguas saludables del santo bautismo. Dificultaban aquellos primeros días dar crédito al ministro evangélico, porque se les hacía cosa imposible desamparar aquella ley en que se habían criado y habían observado todos sus antepasados, a que se juntaba la suma dificultad que les costaría ajustarse, ya bautizados, a guardar la ley de Jesucristo, por lo cual se verían constreñidos a dejar la multitud de mujeres que tenían en su gentilidad, la venganza de sus enemigos, y mudar en todo lo licencioso de sus costumbres, y esto sólo porque se lo persuadían aquellos cuatro pobres extranjeros, que entonces miraban con desprecio a vista de sus sacerdotes, que no eran menos los que menos se resistían, y los que más procuraban mantener al pueblo en sus errores; pues una vez introducida la fe verdadera quedaban para ellos perdidas todas sus conveniencias, y estimaciones. Contra todo este tropel de dificultades se vistió de fortaleza el bendito campeón, y como tenía ya ganada la voluntad del rey, y de la mayor parte de los caciques y principales, consiguió su fervoroso celo arruinar todo el imperio del demonio. Fueron entregándole todos los ídolos de oro y plata, y piedras preciosas, y quebrantándolos con gran desprecio, haciendo de ellos un gran montón, los arrojó a vista de todos, en lo más profundo de aquella laguna que es la misma de Pátzcuaro. Otros de madera, y de curiosas piedras hizo juntar en media de la plaza, y en una grande plaza hizo que el fuego los redujese a cenizas para que éstas, arrebatadas del viento, les diesen en los ojos y los sacasen de su ceguedad en que tan largos años se habían mantenido. Destruidos los ídolos, para que no quedase algún asilo al demonio en los templos, consiguió que los mismos que antes los habían fabricado con tanto esmero, los demoliesen, y arrojasen sus piedras por aquellos suelos; y para que ni aún de ellos quedase memoria, hizo que el fuego consumiese toda la madera de las puerta , y techos, y las piedras que antes servían para los sacrificios; con que pudo libremente ir introduciendo en aquellos corazones el catecismo mediante el santo bautismo, pegar y encender en ellos aquel fuego que vino a encender Cristo a la tierra. (30).- Otras noticias referentes a la apostólica labor de este insigne apóstol de la Nueva Galicia hallará el lector en varias crónicas e historias particulares de Jalisco (J.I.D.G.) Libro Primero Capítulo XIV Comienza el V. Fundador su ministerio bautizando a todos los indios de la corte de Tzinztuntzan No con menos velocidad que aquella que gasta el sol en su carrera, iba el venerable y el esclarecido P. Fr. Martín desterrando las opacas sombras de la gentilidad en aquella corte de Tzinztuntzan, que era su población tan numerosa que casi se extendía por dos leguas, como lo publican hasta hoy las ruinas de los antiguos edificios, que alguna vez registró mi cuidado. Siguieron a su rey Francisco no sólo los de su familia, sino los principales mostrando la fina voluntad con que habían recibido a los ministros evangélicos en ser los primeros que recibieron el santo bautismo. Cada día se agregaban nuevos hijos a la iglesia católica, y tenía bien en que explayarse el celo de los operarios de aquella nueva viña. Fue mucho el esmero que pusieron los religiosos en la enseñanza de la doctrina cristiana, valiéndose en los principios como hacían en México, y sus contornos, de los niños pequeños, porque aprendiendo estos con facilidad las oraciones, las enseñaban después a sus padres y mayores; y fuera de esta diligencia todos los días juntaban la gente a mañana y tarde y en voz alta iban diciendo palabra por palabra el ministro, y la repetía todo el pueblo en la forma que hasta hoy día se conserva en las nuevas conversiones de estos reinos. En algunos adultos que por su rudeza no podían tan fácilmente aprender las oraciones, se ponía especial cuidado en que muchas veces al día los enseñasen por si, o por otros indios de los que ya estaban bien instruidos. Fueron poco a poco quitándoles la multiplicidad de mujeres luego que se bautizaban, dejándoles sólo aquella que más querían, y estimaban por esposa. Bien se deja entender lo que trabajarían los ministros del Señor en persuadir a gente tan brutal, poder contenerse la corriente de un ciego apetito en el margen de una sola fuente, los que vivían acostumbrados a bañarse en tantos ríos asquerosos cuantas eran no solamente asignadas por consortes, sino las que les brindaba su apetito. Mayor maravilla es ésta que conseguía la gracia, que cuantos portentos puede obrar toda la naturaleza. Demás de esto impusieron aquellas gentes desde los principios en la veneración, culto y amor que debían tener a la santa Cruz, árbol de la Vida por haber muerto en ella la misma Vida, librándolos a todos de la eterna muerte; y así en los cerros más eminentes, en las plazas, en los barrios y en todas las casas les ponían cruces, con que se ahuyentaban los demonios, y el uso de santiguarse con tan divina señal les servía de defenderse de las continuas acechanzas del enemigo. Siendo los operarios evangélicos sólo cinco, ya que no podían hacer nueva fundación en otros pueblos, se contentaron entonces con algunas visitas, o ermitas pequeñas, que fabricaron en los contornos de la laguna, por ser tanta la gente poblada en ella, pues como dice la crónica de esta provincia, no hubo palmo de tierra que no estuviese ocupado. Fueron por entonces visitas de Tzintzuntzan, lo que es ahora la ciudad de Pátzcuaro, el pueblo de Erongarícuaro, el de San Andrés Tziróndaro y de San Jerónimo Purenchécuaro, Sta. Fe, y últimamente el pueblo de Cocupao, que todos estos pueblos están alrededor de la laguna, que tiene 15 leguas de contorno. Por todos estos pueblos, en ligeras canoas iban los religiosos a bautizar a los enfermos, a convertir a los idólatras, a enseñar la doctrina cristiana, y después que los tuvieron reducidos, habiendo adquirido nuevos ornamentos de la ciudad de México, les decían misa, y después les predicaban, y recibían para ser bautizados a todos los que hallaban capaces de este sacramento. Los trabajos y ocupaciones de estos siervos de Dios, y de los que a los dos años vinieron de la Custodia del santo evangelio a acompañarlos nos las dejó la antigüedad ocultas con el silencio y haciendo de ceñirme no a las voluntariedades del discurso, sino a la verdad de los sucesos, me contentaré con poner en limpio lo que hallare escrito, sin poner cosa que repugne a la historia. El año de 1527, según dice Torquemada, vino otra misión, y de los religiosos que llegaron a México pasaron algunos a Michoacán, y en los años siguientes, conforme iban viniendo para la custodia del santo evangelio, se aumentaba el número de ministros en esta provincia, con que se facilitó la fundación de otros conventos. El orden con que fueron fabricando, según la tradición de los antiguos religiosos, tuvieron primer lugar todos los conventos que hay hoy en la sierra, de algunos que se sabe su principal fundador, se dirá cuando se ofrezca hablar de ellos, y de todos aquellos que se fueron fundando en el reino de Jalisco consta haber sido el primero que introdujo la fe con su predicación y ejemplo, el V.P. Fr. Martín de Jesús, y los compañeros que le fueron sucediendo, y éstos fundaron todos aquellos conventos que tuvo Michoacán mientras fue custodia con la de México, y duró en esta unión hasta el año de 1536 en que se hizo provincia, y esta de Michoacán custodia, como diremos en el siguiente libro. Uno de los primeros memorables varones, que para lustre de estas Indias Occidentales pasó a estos reinos, fue el V. P. Fr. Juan de San Miguel, cuya vida dará bastante memoria para esta crónica. Estaban ya fundadas muchas iglesias por el V. P. Fr. Martín y sus primeros compañeros con sus conventitos pobres y estrechos y faltaba dar a los pueblos leyes de política y ponerlos en forma. Todo esto suplió la diligencia de este varón seráfico que fue el nuevo Licurgo que estableció leyes a todos los moradores de la sierra de Michoacán. Este fue, el que ya fundada gran parte de la sierra, llegando al sitio de Uruapan, y viéndolo tan ameno, y vistoso lo fundó, y puso sus casas con tal orden, que será necesaria expresarla en su particular capítulo. Fundado el pueblo, hizo la iglesia de calicanto, con todas las circunstancias que después diremos. El pueblo de Querécuaro fue fundación del V. P. Fr. Jacobo Daciano, y el convento de Tzacapu, con su iglesia, se hizo también por diligencia de este admirable siervo de Dios, y en el de Tarequato trabajó para darle ala iglesia y convento toda su perfección, y en el vivió muchos años. De los otros conventos no encuentro, ni en la crónica ni en otros libros, sus legítimos fundadores, hablando de los que construyeron en aquellos diez años primeros, basta saber que todo fue una maravilla del poder de la gracia soberana, pues considerando lo que hicieron aquellos religiosos primitivos de esta santa provincia de Michoacán, desfallece el ánimo, y no encuentra palabras adecuadas para explicar su concepto; y sólo le queda el recurso a hacer memoria de aquellos dorados tiempos en que comenzó la religión seráfica, siendo estos religiosos paralelo de los compañeros de N. S. P. San Francisco. Vivían estos siervos de Dios que poblaron la sierra en estos principios, con tal gravedad en sus personas, que su vida entre tanta multitud de infieles fue una viva predicación, y suplió la falta de milagros que hubo en la primitiva iglesia, el ver virtudes apostólicas en los ministros que les predicaron el evangelio; porque el mayor milagro y la prueba más evidente de la fe católica es, en sentir del señor Solórzano y del P. Josef de Acosta, el ver al que enseña ajeno de codicia. Con descargo de las cosas temporales, manso, humilde, mortificado y casto. El mismo Dios que había escogido al Profeta Ezequiel para predicador de su pueblo, le dice: que ha de ser un milagro para los israelitas, los cuales como a cosa sagrada y portentosa, como prodigio nunca visto lo han de traer sobre las manos. Conforme a la ordenación divina, ya capacidad de estas gentes bastó la pureza de vida, y santas costumbres que en aquestos ministros de Dios estos indios conocieron, para creer que verdaderamente eran sus mensajeros, y venían de su parte enviados del cielo, para remedio y salvación de sus almas, como ellos se los habían dicho y queda ya referido. El que quiere asentar una razón conforme a la autoridad de su criterio, procura que todas sus acciones vayan al compás de sus palabras. De esta manera se mueven los corazones humanos a cualquier cosa de imitación de aquellos que primero hacen lo que enseñan. Por esta causa fácilmente se inclinaron estos indios a las cosas que los religiosos les predicaban, y les cobraron grandísimo amor; porque veían en todos ellos una grande mortificación en sus cuerpos, andar descalzos y desnudos, con hábitos de grueso sayal, cortos y rotos; dormir en una sola estera, con un palo o manojo de yerbas secas por cabecera, cubiertos con solo sus mantillos viejos sin otra ropa, y no tendidos sino arrimados, por no darle a su cuerpo tanto descanso; su comida era tortillas de maíz, pimientos y frutas de la tierra. Cuando hacían sus moradas no querían que fuesen suntuosas, y esto era de no menos edificación para los indios, por ser de ordinario sus viviendas tan pobres, y tan estrechos sus tugurios, que pudieran servir de emulación a la pobreza de un San Francisco; pero en respecto de lo que veían usar, y buscar a los españole seglares, de abundancia, aderezo, y regalo en sus personas, cama y comida, y grandes palacios, bien notaban la diferencia de lo que pretendían los unos y los otros; sobre todo el menosprecio de sí mismos, mansedumbre y humildad, inviolable honestidad, no sólo en obras son en vista y palabras; desprecio del oro y de todas las cosas del mundo, paz, amor, y caridad entre sí, y con todos, esto era lo que más estimaban los indios, y les parecían calidades de hombres del cielo, y que eran superiores en el tenor de su ajustada vida a los otros moradores de la tierra. Libro Primero Capítulo XV Raro ejemplo con que se portaban estos siervos de Dios en aquellos principios La dulzura de San Bernardo dejó escrito, que el hacer memoria de los siervos de Dios conduce a tres cosas de mucho provecho para nuestras almas. La una es el buen ejemplo que nos dieron con su vida. La otra de cotejar las nuestras con las suyas para nuestra confusión. Y lo tercero para esperar nos favorezcan desde el cielo, a que fueron acreedores sus heroicas virtudes. Por todos estos motivos no será razón se omitan aquellas noticias que ha podido recoger la diligencia después de dos siglos que ilustraron con sus raros ejemplos los términos de esta santa provincia. Aunque estaban los indios tarascos, que son por su natural vivos de ingenio, hechos Argos de todas las acciones de los religiosos, siempre les causaba admiración ver el poco sueño que tomaban, la mucha oración que tenían, las disciplinas rigurosas con que se atormentaban, el ferviente deseo que mostraban en enseñarlos, y los muchos pasos y caminos que emprendían a pie, y descalzos, sin reparar en los temporales por ir a buscarlos en aquellas intrincadas serranías. Cuando los encontraban en los caminos los veían ir cada uno por su parte rezando con los brazos puestos en cruz, y otras veces arrodillándose; y cuando llegaban a donde estaba colocada alguna cruz, de las muchas que habían puesto en los lugares eminentes, se postraban delante de ella, poniendo la boca en tierra; y si no iban muy de prisa se detenían delante de ella en oración prolija. Dondequiera que iban, si era hora desde vísperas o completas, se paraban en el camino de propósito a rezarlas, y lo mismo hacían con las otras horas canónicas, si no les precisaba a no detenerse la necesidad de algún enfermo. En todo tiempo, y para con todos eran estos apostólicos varones muy humildes, mostrando singular mansedumbre y benignidad a los indios. Si algunas culpas de ellos tenían a su noticia procuraban reprenderlos y corregirlos en secreto, y en especial a los principales; porque la gente común no les perdiese el respeto, y los tuviese en poco. Con estas operaciones ligeras todas de la caridad y prudencia, se edificaban aquellos naturales, y quedaban tan satisfechos de la vida y doctrina de aquellos verdaderos frailes menores, que no dudaban ponerse totalmente en sus manos y regirse por sus saludables amonestaciones y consejos. Cobráronles tan entrañable amor, que era mayor que el que mostraban a sus propios padres y madres que los habían engendrado. Y no era mucho mostrarse en este afecto a los que, como verdaderos padres de sus almas los engendraban en Cristo por el santo evangelio, pues sabemos que los niños criados a los pechos de sus madres, y acostumbrados ya a alimentarse con su leche, no pueden arrostrar otra diferente, por más que otra madre los acaricie; y claman por la propia con las voces elocuentes, aunque mudas, de sus lágrimas. De esto se dieron repetidos ejemplares en los principios de la conquista de estos reinos, y se pueden hallar muchos en la Monarquía Indiana, que no pueden leerse con los ojos enjutos. Ya que en común hemos insinuado la mucha pobreza y penitencia de nuestros venerables antecesores, justo será expresar algunos ejemplos, de los muchos que nos dejaron, de su mortificación y abstinencia; en los cuales veremos el espíritu de Dios con que andaban ocupados en su ministerio, y lo poco que cuidaban de regalar sus cuerpos, causa de traer tan endiosadas sus almas. El padre fray Diego de Almonte, que fue de los segundos que vinieron a la Nueva España, testificaba de aquellos primeros religiosos que cuando llegaba el Adviento, que por precepto de su regla ayunan los religiosos menores desde Todos Santos hasta la vigilia de Natividad del Señor, por no tener coles, y otras hortalizas, que ahora sobran, guisaban manzanilla silvestre de la tierra, que son ásperas como nísperos antes de madurar, y apenas con mucha hambre se pueden comer, y faltaba manteca y aceite para el algún modo sazonarlas. A otros religiosos muchos años después les acaecía que no encendían fuego en su pobre convento, sino que a la hora de comer, iban a la plaza o mercado de los indios, y pedían por amor de Dios algunas tortillas de maíz, y chile, y si les daban alguna frutilla, aquella comían. No por esto tenían menos estimación entre los indios, antes si les veneraban más, porque los menospreciaban todos, y querían voluntariamente padecer por amor de Dios aquella penurias. El buscar mendigando en las plazas su sustento, antes era gloria que vituperio; pues por tal la dejó calificada en su regla el Seráfico Patriarca diciendo, y pidiésemos limosna de puerta en puerta. Como estos benditos varones se habían criado en tanta mortificación y abstinencia, no sólo lo que comían querían que fuese áspero y desabrido, sino que también fuese buscado, por ser más conforme a la perfección de su regla. Cúmplese con el voto de la pobreza franciscana, no tener cosa propia en común, ni en particular; pero se ilustran más con que aún las cosas necesarias para el sustento de la vida, se busquen y adquieran a los tiempos forzosos y necesarios. Esta era la comida de aquellos ejemplares varones, no queriendo más; por qué si lo quisieran no les faltara, pues tenían los indios muchas gallinas de las que llaman de la tierra, que les sobraba en abundancia. Si acaso en el tiempo que no era de ayuno comían ave de éstas, era una sola en toda la semana, repartiéndola en esta forma: el domingo cocían el menudo, que es pescuezo, cabeza, hígado y molleja, y esto comían los dos o tres que estaban en el convento, porque en aquellos tiempos no pasaban de este número por ser tan pocos los religiosos. Los otros cuatro días guisaban cada día un cuarto de la ave, sin otra carne, y a la noche no cenaban por esto, era general costumbre en toda la provincia, no cenar sino sólo el domingo. De tanta abstinencia y falta de comida, acaecía a algunos religiosos venir a tanta flaqueza, que se caían de su estado en los caminos de los pueblos que andaban visitando. Uno certificó decir, que todas las veces que tropezaba caía en el suelo; porque no tenían fuerzas para sostener las piernas; y es para alabar a Dios, que con todo esto trabajaban mucho más que ahora en su santo servicio. Siempre tuvieron aquellos padres antiguos por vicio grande el beber vino, así por lo mucho que costaba viniendo de España, como porque en esta tierra si se continúa es muy dañoso; por lo cual los religiosos manifiestamente necesitados cocían la agua que habían de beber, con hojas de las muchas medicinales que hay en esta tierra. Solía decir el venerable padre fray Francisco de Soto, uno de los doce primeros apóstoles de esta América, que el vino en esta tierra había de estar en las boticas para darlo por medicina a los enfermos. Tanto escrupulizaban aquellos primitivos padres, no sólo en beber el vino, sino aún tenerlo de reserva en su convento, que siendo guardián el venerable fray Antonio de Ciudad Rodrigo de el convento de san Francisco de México, no quiso recibir una botija de vino que el señor arzobispo Zumárraga le enviaba en una Pascua para regalo de sus frailes, y se la volvió dándole las gracias y diciéndole juntamente; que pues tanto amaba a sus religiosos, le suplicaba no se los relajase, ni pusiese en malas costumbres. Otra vez el siervo de Dios fray Martín de Valencia, que iba caminando con el mismo y carísimo señor, le tocó a mal llevarse una botija de vino para dar a los religiosos que iban con el, considerando su debilidad, y cansancio en caminar a pie, y sin prevención de bastimento. Por conservar siempre esta rigurosa abstinencia no consentían aquellos venerables varones, aunque lo ofreciese algún bienhechor el tener juntas dos botijuelas de vino en el convento, sino una sola para las misas. Cerca del vestuario fue tanta la pobreza entre aquellos padres de la primitiva, que de uno de ellos se cuenta por cosa memorable, que teniendo ya el hábito que trajo de España tan roto, quien no lo podía traer de hecho pedazos, hizo que los niños que enseñaba en el convento deshiciesen, y de destorciesen el hilo y lado, y lo volviesen, como cuando la lana está en pelo, y en ésta forma lo dio a hilar y tejer a unas Indias, como ellas tejen su algodón, y de ésta rica tela hizo un hábito tan de poco provecho como se deja discurrir. Hizo esto este pobre religioso, porque entonces aún no había lana de que hacer otro y por no mudar la materia de paño de que andaba vestido. Todos en común los religiosos parecían esta mengua y desnudez, que fue muy grande en aquellos primeros tiempos, por qué los religiosos que venían de España no usaban más ropa que la que traían vestida, y ésta se les acababa en poco tiempo con el trasiego de los caminos, y no había sayal de que hacer otra; si no eran mantas de algodón teñidas de pardo. Esta penuria tan grande de ropa que tuvieron aquellos primeros ministros de esta iglesia, sentían mucho algunos de estos indios, en especial los señores y principales y era mayor su dolor cuando crecía la carestía de la materia del vestuario; y que los religiosos no querían vestirse de otro modo, y por esto andaban rotos y desnudos. Remedióse esta necesidad en parte, con haber pasado a esta tierra un castellano que hacía sayales; pero pedía mucho por su trabajo, y se remedio por los indios que le servían de oficiales, que después de haber observado con industria el modo de fabricarlo, lo hicieron sin tanta costa. Libro Primero Capítulo XVII Fúndanse otros conventos y se refieren cosas memorables de estos tiempos El cronista general de las Indias, Antonio de Herrera, da por asentado que Cristóbal de Olid pobló en algunas partes del reino de Michoacán, y que después pasó a las provincias de Colima. El Teatro Eclesiástico de Gil González Dávila, lo hace primer fundador de la ciudad de Valladolid, y es constante en las historias de esta Nueva España ser esta ciudad obra del magnífico Sr. Don Antonio de Mendoza, primer Virrey de México. Pudo el Maestre de Campo Olid estar algún tiempo en este valle, y que de haber asistido con los cien soldados que le dio el insigne Don Fernando Cortés en esta tierra, aunque sin formalidad de población, le quedase la etimología de Valladolid, de Valle de Olid, como quieren algunos. En este valle se fundó convento por los religiosos franciscanos, tan a principios del descubrimiento de aquella tierra, que nuestro Ilmo. Gonzaga lo pone inmediato al de Tzintzuntzan. Con casi al mismo tiempo se fundó el de Pátzcuaro, el de Tarecuato, y otros muchos que están en el centro de la sierra. Era por entonces la tierra de Michoacán la más rica de metales de toda la Nueva España, como lo testifica nuestro insigne Torquemada, así de cobre, y de estaño, como de oro y plata. En el año de 1525 se descubrió una mina de plata riquísima, nombrada de Morcillo; y por ser de tanta abundancia, no se contentaron los oficiales real con los quintos que tocan ala real corona, sino que quitándosela a su dueño, se la aplicaron y adjudicaron toda al rey, acaso para después tomársela ellos. Fue cosa maravillosa que desde aquel día se desapareció de los ojos de todos y nunca más se supo de ella. Unos dicen que cayó encima una sierra; otros que la cegaron los indios, ello fue castigo de lo alto ciertamente. Sobre la feracidad y abundancia de esta tierra en frutos, que podemos llamar nativos, causa admiración. Lo fecundo de este terreno en producir después de poblado frutos castellanos de todos géneros. Por cosa rara cuenta el M.R.P. Torquemada haber visto en el pueblo de Periban, sacar por febrero de la huerta del convento una canasta de membrillos, tan corpulentos y amarillos, como se dan en los meses de Agosto y Septiembre, que es en todas partes su tiempo. En Tacámbaro se cogen manzanas todos los meses del año, muchas y buenas. Lo que pobló mucho la sierra fueron los ingenios de azúcar, que hasta hoy se conservan muchos, y abastecen de este género muchos lugares de todo el reino. Por el año de 1530 se había provisto de España por primer presidente de la Audiencia de México a Nuño de Guzmán, que era gobernador de Pánuco, y a poco tiempo de su desconcertada presidencia se compuso con los nuevos oidores, que eran cuatro para salir a hacer la guerra a los indios. Salió de México, dice Herrera, con más de ocho mil indios amigos, con muchos de carga, y quinientos infantes, muchos de los cuáles llevó por la fuerza. Encaminóse con su gente a Michoacán, por ser por allí el paso, y el rey Calzontzin, ya en el bautismo Francisco, lo regaló con diez mil marcos de plata, y mucho oro bajo, y seis mil indios para carga, y servicio de su ejército. No saciada su codicia, formó procesos contra el infelice en lo humano rey de Michoacán, y le mando prender, y dar tormento; y pasando su crueldad a exceso lo hizo matar, y lo echó en una hoguera con otros muchos indios principales, caso el más cruel que decir se puede, y fue la causa, dice Torquemada, porque no pudiese quejarse de estos tan manifiestos agravios, que justificadamente se pueden llamar robos y tiranías. (32) Esta justicia, escribe Herrera, se juzgó por tiranía; ninguno, añado yo, puede leerla sin quebranto y compasión católica. Entró luego en la provincia de Jalisco, y fue sujetando todas aquellas gente comarcanas, y a Jalisco llamó la Nueva Galicia, por ser región y tierra áspera, y de gente recia; pobló allí a Compostela, porque conformase el nombre con el de España, y después de haber fundado muchas villas y lugares en todo aquel dilatado reino, pobló la ciudad de Guadalajara, dándole este nombre por haber nacido en esta ciudad de España, como puede verse en el Historiador General Herrera en la década cuarta. He referido por mayor esta entrada de Nuño de Guzmán, porque la hizo en compañía de algunos religiosos franciscanos, y entre ellos el que más trabajó en estas partes de la Nueva España fue el V. Primer Apóstol de Michoacán, Fr. Martín de la Coruña, como se dirá en su vida. El año 1531, habiendo venido por presidente de la real Audiencia de México, Don Sebastián Ramírez Fuenleal, entre otras cosas que esta segunda Audiencia comenzó a tomar entre manos, fue una de las principales la residencia de Nuño de Guzmán, y saber si la guerra, que hacía en la Nueva Galicia, era necesaria, y aunque se le probaron muchos desórdenes, se halló que aunque al principio se comenzó con fines muy diversos, convenía que se prosiguiese, ya que se había comenzado, poniéndose ante todas cosas remedio en los términos perjudiciales, con que se procedió en ella, y que se procurase tener mayor cuidado en el servicio de Dios, y del rey, y que debía pasar adelante el ejército para que seguramente los religiosos pudiesen estar en la conversión de aquellas gentes. De aquí se conoce con evidencia que estos religiosos eran todos frailes franciscanos, porque este año de 1531, confiesa el mismo Herrera, no había en toda esta Nueva España más que cien religiosos de las órdenes de Santo Domingo y de San Francisco, y los de N.P. Sto. Domingo no entraron en muchos años después a fundar conventos en la Nueva España. Repartió Nuño de Guzmán muchos capitanes por toda la cosa del Mar del Sur, y en este tiempo fundaron conventos los religiosos de Michoacán en Colima, y otros muchos lugares, que hoy pertenecen a la provincia de Jalisco, y aunque no se saben los nombres de los religiosos que se ocuparon gloriosamente en tan dilatadas provincias en estos años primeros, consta haber fallecido algunos en demanda de su apostólica empresa. Tratando el insigne historiador Herrera de una jornada que hizo el Marqués del Valle por la costa del mar del sur, arribó a la provincia de Motín una nao que echó en tierra algunos heridos, y a dos frailes franciscanos. Como éstos y otros de que no sabemos, se entraban con celo intrépido en los mayores riesgos, y eran tan continuos los trabajos, de hambres y necesidades, en peregrinaciones tan prolijas, muchos daban fin a la vida temporal, para lograr la eterna. Por este tiempo habiendo venido después de los doce primeros obreros el V.P. Fr. Francisco de Facuencia, pasó a las partes más remotas del reino de Michoacán, y predicó a muchas bárbaras naciones con tan estupendo fruto, que bautizó por su mano a más de cien mil indios gentiles. Fueron viniendo nuevos operarios a trabajar en esta mies copiosísima de Michoacán y Nueva Galicia, porque desde el año de 1530 en adelante eran más frecuentes las embarcaciones que venían de España, y en todas ellas pasaban muchos religiosos con el deseo de la conversión de estas gentes, y con el celo santo de propagar la fe y lograr, si pudieran con dar su vida por Cristo derramando la sangre de sus venas, el que estos miserables consiguiesen la vid eterna. Descubrióse por parte del sur la provincia de Zacatula, y ésta más que otras abundaba de ídolos y supersticiones, y así tuvieron mucho más que trabajar los primeros misioneros que introdujeron la fe en aquella tierra. Acrecentaba su trabajo la aspereza de aquellas incultas montañas y altas serranías, tolerando los destemplados calores de aquel clima, y pasando con mucho riesgo ríos muy caudalosos y peligros de animales feroces que se ocultan en aquellas breñas, que para todo les daba Dios esfuerzo. Para cerrar este primer libro de Michoacán, me pareció no privar a la curiosidad de una noticia peregrina, que parece milagro de la naturaleza y de este raro pájaro de quien así los mexicanos, como los tarascos derivaban el nombre de su dios principal, en esta forma. Entre las maravillas de Dios se cuenta por muy singular, y rara naturaleza, que puso en un pajarito que hoy en estas tierras de la Nueva España, llamado de los indios huitzitzilin, el cual es muy pequeño, y tanto que no hay alguno a que compararlo. Tiene le pico delgado y largo, casi como la mitad de un dedo; su pluma es muy preciosa, en especial la del pescuezo y pecho, es muy poca y menuda, es verde, y conforme las diferentes posturas en que se pone, hace los visos unas veces pardía, otras vuelta a la vislumbre. Parece anaranjada, y en otras posturas tiene visos de fuego muy encendido; ya sí cómo esta avecita es singular en tamaño, y pluma así también lo es en el mantenimiento, porque no se mantiene de semillas, ni de moscas, ni gusanos como otras aves; porque su comida y cebo ordinario es la miel y jugo de las flores, y así anda siempre chupándolas con su piquillo, y esto muy sutilmente sin sentarse jamás en la flor o ramas, sino que siempre anda volando de unas flores en otras con grandísima velocidad, y parece cigarra en el alear, y hace ruido zumbando como una honda al despedir la piedra. Este pajarito se anida, y pone dos huevos como lo hemos visto, su vida es en la manera que se sigue. Por el pequeños, nido y pájaro no es mayor de medio huevo de gallina, mes de octubre en esta Nueva España se agostan los campos y las flores se secan y marchitan, y entonces este pajarillo busca lugar acomodado, según el instinto que Dios le dio, donde pueda estar escondido, en alguna espesura de árboles, o lugar de casa pajiza; y si es en árbol hácese con los pies de una ramita muy delgada de él y pónese lo más encogido que puede el pico abajo, como pudiera estando muerto, y allí se transporta, y está sin actos vitales y como muerto. Por el mes de Abril con las primeras aguas y truenos despierta de aquel misterioso sueño, y comienza a estivarse, como cuando uno se despierta, y luego vuela en busca de las flores, para sustentarse: forma su nido y cría sus pajarillos hasta el mes de Octubre siguiente, siendo el tiempo de seis meses el que se ve con actos vitales, y otros tantos los que está en aquel sueño como muerto, e insensible aunque le toquen. El V.P. Fr. Toribio Motolinía, uno de los primeros doce apóstoles de este reino, admirándose de las particulares propiedades de esta avecilla dice de esta manera: Algunos incrédulos de que estos pajarillos tornen a revivir, hallándolos así por lo árboles los han tomado y metido en unas cajas de caña, y por el mes de abril reviven, y andan allí volando hasta que los dejan volar libres; sino es que, por ser su pluma muy estimada para imágenes y pinturas, los matan y pelan parta aprovecharse de ellas. La primera vez que oí esto, (prosigue este santo religioso) me pareció cosa sobrenatural, y no la creí, hasta que yo mismo por mis ojos vi estar el pajarito pegado a los pies en un árbol de la huerta del monasterio de la ciudad de Tlaxcala, y allí lo iban a ver todos los religiosos muchas veces, hasta que llegó el tiempo de su resurrección. De aquí forma este V. varón su argumento diciendo: si Dios aspa conserva unos pajaritos, y después los resucita, y cada año en esta tierra esta maravilla es patente, quien dudará sino que los cuerpos humanos, que son sepultados corruptibles, que no los resucitará Dios incorruptibles, y los vestirá, y adornará de los cuatro dotes, manteniéndolos de la suavidad de su divina fruición, pues a estos pájaros tan chiquitos así los sustentan del rocío y miel de las flores, y viste de tan graciosa pluma; que ni Salomón en toda su gloria aspa fue vestido como uno de estos? Y como un día predicando la resurrección general trajese el predicador esta comparación, pasó el mismo pajarito por encima de la gente, chillando. Y de todo esto dice el apostólico varón ser testigo, porque debía ser el que predicaba, siendo de los más aventajados ministros, que los indios tuvieron y que observó lo memorable de aquel año. (32).- Torquemada dice que fue hurto, vide en el tom. I, lib. 3 cap. 43, pag. 338 (N.del A.) |
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| Modificado el ( miércoles, 20 de mayo de 2009 ) |